martes, 22 de octubre de 2013

Necesitamos alumnos que se dejen interesar

Desde este blog hemos sostenido que la escuela debe responder a las necesidades de la comunidad en su conjunto, que “Calidad Educativa” no significa solamente el aprendizaje de ciertas materias, y una preparación para someterse con docilidad a una futura vida laboral. La escuela debe, además, enseñar a convivir democráticamente, en sociedades que tengan como ideal la igualdad entre los ciudadanos, ya que si esto no se da, tampoco se podrá construir una democracia ¿Esto es posible en un contexto social que desvaloriza las actividades escolares? El siguiente artículo de Guillermo Jaim Etcheverry nos permite reflexionar sobre el tema.


A propósito de la despreocupación por la ortografía, una docente reconocía hace poco que “Hoy son los alumnos los que le dictan a la maestra y luego se trabaja sobre ese relato.” Una admirable metáfora del papel actual del docente: recibir el dictado de los alumnos. El culto al individualismo y a la libre expresión de niños y jóvenes hace que, crecientemente, estos y sus padres consideren que todo intento de enseñarles es una molesta intromisión en sus vidas. Supremos creadores, los niños no necesitan aprender nada ya que por ser contemporáneos y manejar con destreza los instrumentos de su tiempo, parecen saberlo todo. En el mejor de los casos requerirán “orientación” y por eso los maestros se convierten, según el léxico dominante, en “facilitadores del aprendizaje” o “animadores” como si la escuela fuera una fiesta en la que los niños necesitan ser entretenidos. Por ejemplo, si ya saben hablar, ¿para qué enseñarles la lengua? Recibamos el dictado del infante, escuchémoslo y no lo molestemos pretendiendo que se esfuercen en aprender reglas que lo único que consiguen es interferir con su “creatividad”. ¿Dictados, leer en voz alta, escritura cursiva en lugar de la básica letra de imprenta, aprender reglas de ortografía y sintaxis, comprender lo que se lee? Hace pocas décadas, si bien los niños también hablaban, los mayores no consideraban una tarea inútil enseñarles estas habilidades que hoy parecen ser sólo reliquias de un pasado felizmente superado.

Esta caricatura de la visión que sobre la escuela comparte hoy gran parte de la sociedad, acompañada por las teorías pedagógicas de moda, explica el desprestigio de la tarea docente. Por eso, mientras no se redefina el papel de la escuela, la función del maestro seguirá en el centro de ese conflicto. Muchas sociedades, de regreso de estas tendencias “modernizadoras”, vuelven a jerarquizar a los docentes y el valor del conocimiento que en ellos se corporiza. Hasta ahora los maestros han sido personas que conocen algo a fondo y que transmiten su entusiasmo por eso que saben. Al debilitarse la idea de que el conocimiento conserva la capacidad de interesar a los chicos, la figura del docente queda sepultada bajo un alud de términos de una jerga oscura que justifican el deterioro de su función esencial.

La celebración del Día del Maestro es una oportunidad propicia para volver a pensar en su tarea, cada día más difícil de desarrollar. Ha sido y es necesario que los maestros se interesen por los problemas personales y sociales de sus alumnos pero eso no justifica que se los estimule a olvidar su función esencial: desarrollar las posibilidades intelectuales de cada uno de los niños y jóvenes puestos bajo su cuidado. Allí tal vez esté la clave: cuidar a los chicos mostrándoles lo que pueden ser siempre que estos tengan la humildad de escuchar, de prestar atención, de dejarse interesar. Sólo con buenos maestros hay buena educación pero sin niños y jóvenes en disposición de alumnos, no hay educación posible.

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