miércoles, 17 de agosto de 2016

DESAFÍOS DE LA CUARTA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

Recién acaba de finalizar el Foro Económico Mundial, que anualmente reúne a jefes de Estado, grandes empresarios y agentes financieros, y premios Nobel; es decir, personas que tienen poder para incidir en la conducción política, económica y social del mundo. Este año, el tema central del encuentro fue la cuarta revolución industrial, que, según Klaus Schwab, fundador y director del Foro, cambiará fundamentalmente la manera de trabajar y de comunicarnos.

Se trata de la Industria 4.0, en la que la producción será totalmente automatizada, conectada y coordinada por computadoras. Como se sabe, el término fue acuñado por el Gobierno alemán para describir un tipo de fábrica donde todos los procesos están interconectados por Internet.
Para los organizadores del Foro, los aspectos de mayor impacto de esta revolución a nivel de logística y de cadena de suministro serán la impresión en 3D, la robotización de los almacenes y la distribución de productos mediante drones. En consecuencia, el reto y objetivo del encuentro fue la búsqueda de soluciones al desequilibrio causado por el avance de las nuevas tecnologías y por la aparición de nuevos modelos empresariales.
En el Foro se habló también de cinco riesgos mundiales para el próximos año y medio: (1) falta de mitigación y adaptación al cambio climático; (2) armas de destrucción masiva; (3) crisis del agua; (4) migraciones involuntarias a gran escala; y (5) impacto del precio de la energía en los negocios.
Ahora bien, aunque los organizadores del evento hablaron de plantear respuestas frente a lo que ellos consideran son los grandes desafíos de la actualidad (léase baja inflación, hundimiento del precio del petróleo y disminución de la cotización de las materias primas, pasando por la crisis de refugiados europea y la expansión del terrorismo), las voces críticas y éticas han señalado otros temas y desafíos que no suelen ser centrales en la agenda de las élites mundiales, pero que afectan a millones de seres humanos, especialmente a los que viven en los países denominados “en desarrollo”, a los cuales se les exige una pronta e ineludible adaptación a las dinámicas que derivan del mundo rico.
Una de esas voces críticas es la organización Oxfam, que coincidiendo con el Foro Económico Mundial en Davos presentó su informe “Una economía al servicio del 1%”.En el documento se denuncia que los sistemas económicos están beneficiando cada vez más al 1% de la población más rica.
Según Oxfam, la desigualdad extrema en el mundo está alcanzando cotas insoportables. Actualmente, el 1% más rico de la población mundial posee más riqueza que el 99% restante de las personas del planeta. El poder y los privilegios se están utilizando para manipular el sistema económico y así ampliar la brecha, dejando sin esperanza a cientos de millones de personas. Asimismo, el entramado mundial de paraísos fiscales permite que una minoría privilegiada oculte en ellos 7,6 billones de dólares.
Oxfam analizó 200 empresas, entre ellas las más grandes del mundo y las socias estratégicas delForo Económico Mundial, y revela que 9 de cada 10 tienen presencia en paraísos fiscales. En 2014, la inversión dirigida a ellos fue casi cuatro veces mayor que en 2001.
Este sistema mundial de evasión y elusión fiscal está desviando recursos esenciales para garantizar el estado de bienestar de los países ricos, además de privar al resto de los recursos imprescindibles para luchar contra la pobreza, asegurar la escolaridad infantil y evitar que sus habitantes mueran a causa de enfermedades que pueden curarse con facilidad.
Desde un espíritu ético y profético, el papa se dirigió a los organizadores del Foro exhortándoles, en primer lugar, a no olvidarse de los pobres. Este es, según Francisco, el principal desafío de los líderes del mundo de los negocios. Señaló que “quien tiene los medios para vivir una vida digna, en lugar de preocuparse por sus privilegios, debe tratar de ayudar a los más pobres para que puedan acceder también a una condición de vida acorde con la dignidad humana, mediante el desarrollo de su potencial humano, cultural, económico y social”.
Al referirse a los albores de la cuarta revolución industrial, manifestó que han sido acompañados por la creciente sensación de que será inevitable una drástica reducción del número de puestos de trabajo. La “financialización” y “tecnologización” de las economías, puntualiza el papa, han producido cambios de gran envergadura en el campo del trabajo: menos oportunidades para un empleo digno, reducción de la seguridad social, aumento de desigualdad y pobreza.
Frente a los profundos cambios que marcan época, Francisco propone a los líderes mundiales un reto y una necesidad. El reto, garantizar que la futura cuarta revolución industrial, resultado de la robótica y de las innovaciones científicas y tecnológicas, no conduzca a la destrucción de la persona humana— remplazada por una máquina sin alma— o a la transformación del planeta en un jardín vacío para el disfrute de unos pocos elegidos. Y la necesidad, crear nuevas formas de actividad empresarial que fomenten el desarrollo de tecnologías avanzadas y sean capaces de utilizarlas para crear trabajo digno para todos, sostener y consolidar los derechos sociales y proteger el medioambiente.
Finalmente, sentencia el obispo de Roma — en la más auténtica y genuina tradición cristiana —,es el hombre quien debe guiar el desarrollo tecnológico, sin dejarse dominar por él. Cuidar la casa común y la persona es lo primero.


Por Carlos Ayala Ramírez
Articulo tomado de: http://www.ecoportal.net/Temas-Especiales/Economia/Desafios-de-la-cuarta-revolucion-industrial

jueves, 4 de agosto de 2016

¿PARA QUÉ DEBE SERVIR LA EDUCACIÓN?

Uno de los grandes debates que deberíamos estar teniendo en México es sobre los objetivos que el sistema educativo debería estar persiguiendo y sobre la mejor forma de lograrlos. Nuestro debate público en materia educativa es tan mediocre que se centra en cuestiones que en muy pocos países siguen pendientes de resolverse: que los profesores acepten ser evaluados y que asistan a clases en vez de cerrar calles y avenidas.

Es lamentable, pero eso no debe impedirnos que nos preguntemos sobre el fondo de la cuestión: ¿qué tipo de conocimientos, habilidades y destrezas debemos inculcar en nuestros niños para que puedan salir adelante en la vida? Y ahí es donde, me temo, todavía seguimos anclados en el siglo XX (o en el siglo XIX, en algunas entidades federativas).
Les enseñamos a los niños con detalle nuestra historia, pero no tienen idea de quién es Elon Musk o qué ha hecho Jeff Bezos para conseguir que Amazon sea una empresa ganadora. Los ponemos a memorizar fechas inútiles, pero no saben resolver problemas complejos a los que deberán hacer frente en su práctica profesional; sobra decir que no los preparamos para saber trabajar en equipo, ni para desarrollar inteligencia emocional o para poder negociar con los demás. Es decir, no les estamos ofreciendo las herramientas que puedan hacer de ellos mejores personas y mejores profesionistas, que se ganen bien la vida y que puedan tener la información que necesitan para superarse día tras día.
Esa debería ser la principal cuestión en la que el sistema educativo mexicano debe enfocarse. No en las banalidades en las que la mezquindad de unos y los intereses de otros nos tienen instalados. Por ejemplo, las empresas están requiriendo ingenieros bien preparados, que estén listos para dirigir fábricas.
Muchas de ellas tienen que traerlos de afuera porque nuestras universidades no los preparan para ello. No es casualidad que haya tantos profesionistas asiáticos viviendo en el Bajío o tantos norteamericanos instalados en los estados de la frontera norte.
Otro caso: hay mucho trabajo para los abogados que sepan hablar inglés y un idioma adicional (ojo estudiantes de derecho: hablar inglés ya no es suficiente), pero en nuestros centros educativos lo que se enseña en materia de idiomas extranjeros es patético y nuestros jóvenes salen con nulos conocimientos de japonés, chino mandarín , alemán o coreano, pese a las enormes ventajas que como país tendríamos al enseñar esos idiomas.
Obviamente, es algo impensable en la mediocre educación pública que tenemos; vaya, apenas en las instituciones de élite de carácter privado se enseñan idiomas adicionales al inglés, pero pocos abogados los dominan (casi ninguno, que yo sepa). Les tenemos que enseñar a nuestros niños a desarrollar la creatividad y el pensamiento crítico.
Lo primero para que puedan ser creadores y aporten conocimientos novedosos que se requieren en el mundo de internet; lo segundo para que comprendan que lo que hoy existe no es lo mejor posible, sino que hay miles de oportunidades para mejorar.
Es indispensable por tanto (re)pensar la educación, así como meditar sobre sus objetivos y propósitos; necesitamos darles herramientas a los niños no para que terminen trabajando en una maquiladora sino para que sean emprendedores; el país necesita personas que no solamente puedan buscar un trabajo, sino que creen uno; que controlen su economía familiar, que le sepan a las computadoras en serio, que estén abiertos al mundo, que lean mucho, que piensen por sí mismos para que no se dejen manipular por nuestros siniestros políticos que solamente quieren sus votos. Todo eso y más debemos exigirle a nuestro sistema educativo. La responsabilidad es de todos.



Por Pluma Invitada
Fuente: http://www.educacionfutura.org

viernes, 29 de julio de 2016

DESAFÍOS DE LA EDUCACIÓN

En 2003, Juan Carlos Tedesco, entonces director del Instituto Internacional de Planeamiento de la Educación, afirmó que los pilares de la educación del futuro eran dos. “El primer reto, que se resume en el postulado aprender a aprender, hace referencia a los desafíos educativos desde el punto de vista del desarrollo cognitivo. El segundo reto, aprender a vivir juntos, comprende los desafíos relativos a la consecución de un orden social en el que podamos vivir cohesionados, pero manteniendo nuestra identidad como diferentes”.

Cinco años después, ya como Ministro de Educación en la Argentina, afirmaba en una entrevista: “Las reformas de los años 90 y las más recientes están dejando enormes enseñanzas. La educación en América Latina se ha expandido mucho, pero tenemos muy serios problemas de calidad. Se acabó la etapa de expansión fácil que rigió en las últimas décadas. Hoy, para seguir creciendo, hay que mejorar la calidad. Si no mejoramos las formas de enseñanza y aprendizaje, por más que hagamos todo lo demás, esto no va a funcionar”.
Hoy, en Bolivia, no hablamos de educación. Como si no tuviera nada que ver con ese contradictorio y precario proyecto de país implícito en la Constitución para, entre otras cosas, contribuir a construirlo con algo menos de inconsistencia. O como si no tuviera nada que ver con el presente, con los desafíos de la convivencia. Como si fuera ajena a las urgentísimas tareas de la productividad. Como si la responsabilidad ética de tomar decisiones estuviera en manos exclusivamente de un Estado cada vez más autoritario, y no bajo la acción del consenso social.
Definitivamente, no hablamos de educación. Hablamos todos los días de las urgencias populistas, de las carencias del desarrollo humano, de la pobreza abrumadora, de la tiranía que prohíbe libros y cuerpos. No hablamos de educación porque el Estado no sabe de democracia, no sabe de desarrollo. Y, sobre todo, porque no sabe de servicio público.
Por eso, cuando se publica alguna noticia sobre educación, es apenas una noticia. Porque no solo el Estado no sabe de educación; la sociedad tampoco. Ya se ha contaminado de las urgencias, de los espectáculos, de los escándalos, de las corruptelas. De ahí que los medios publiquen alguna noticia cada muerte de obispo, pero ninguna reflexión regular sobre la educación: ese asunto sustantivo para saber convivir, poder construir y realizar los sueños del bien común.


Por: Guillermo Mariaca
Tomado de: http://www.opinion.com.bo/opinion/articulos/2016/0724/noticias.php?id=195726

jueves, 21 de julio de 2016

LA AUTOFORMACIÓN EN LOS ENTORNOS VIRTUALES



 “La virtualidad, en sentido estricto, no es un mundo
falso o imaginario… es la propia dinámica del mundo
común, aquello por lo que compartimos una
realidad” Lévy P.Lévy, ¿Qué es lo virtual? Paidós,
Barcelona, 1999, p.132

En el campo educativo, el desarrollo de los entornos virtuales incide y potencia significativamente los procesos de enseñanza-aprendizaje. Esa potenciación en gran medida depende del compromiso, de la concepción y de la implicación de cada sujeto en el uso de las herramientas tecnológicas, no es una cuestión de generación, es ante todo una cuestión de actitud y de la necesidad actual en conocer, profundizar y explorar las potencialidades de la virtualidad ante el avance de las tecnologías de la información y la comunicación.
Desde la perspectiva la tarea de los profesores debe transcender la mera transmisión de conocimientos y dirigirse a examinar y propiciar un abordaje crítico y reflexivo sobre el cómo y para qué hacemos uso de las tecnologías. Pues, las características interactivas, la flexibilidad, la desterritorrialización, las potencialidades que ofrecen para lograr una comunicación eficiente y efectiva entre los agentes del proceso educativo y las posibilidades para coadyuvar en los procesos de autoformación y del trabajo colaborativo y cooperativo, son elementos que contribuyen a transformar las relaciones, los roles y los procesos típicos desarrollados en los procesos de enseñanza-aprendizaje.
En consecuencia, en la tarea de construir progresivamente la autonomía en el proceso de aprendizaje articulando los entornos virtuales es fundamental que el estudiante aprenda a planificar, regular y evaluar su propio proceso de aprendizaje y, si bien la autoformación del estudiante es un proceso interior que debe elegir y seguir el propio individuo, existen estrategias que pueden utilizar profesores y alumnos para mejorar la propia capacidad, con respecto a maximizar la autodirección y a la autogestión del aprendizaje. Un reto, precisamente, se encuentra en que los usuarios de las tecnologías (profesores y estudiantes) asuman una visión de trabajo colaborativo y cooperativo en las actividades cognitivas de alto nivel –sin perder tiempo en actividades mecánicas– mediante un compromiso mental de carácter metacognitivo, es decir, trabajar y apoyar a otros con estrategias que nos ayuden a planificar, organizar y evaluar el propio proceso de aprendizaje.

Por: Jenyree Alvarez / Fuente: http://revistaeducacionvirtual.com/
Si quieres conocer más sobre el tema lee el artículo completo en:
file:///C:/Users/eduvolucion/Downloads/autoformacionyvirt.pdf
Fuente artículo: http://revistaeducacionvirtual.com/archives/2093

domingo, 31 de agosto de 2014

Fundamentos epistemológicos que sustentan la educación ciudadana democrática

¿Cuál es nuestra idea de ciudadanía? ¿Existe sin participación política? Entonces ¿Qué concepto de “democracia” adoptamos? Consecuentemente con todo esto ¿Cuál debe ser el rol docente a adoptar? ¿Qué fundamentos debe asumir la “Educación ciudadana”?


Es insuficiente la comprensión tanto por parte de quienes trazan las políticas educativas como por los directivos y docentes de las instituciones escolares y extraescolares, acerca de que el proceso educativo requiere hoy más que nunca su acercamiento a la vida social. Si se está de acuerdo en que la educación es el factor más poderoso en la formación del ser humano, entonces no se puede eludir su compromiso, ni ponerlo en manos de otros factores y agentes. Por esta razón, la educación ciudadana desde las instituciones educativas es una urgencia impostergable para la solución a los graves problemas que afronta la sociedad actual.

Se coincide con Caruso acerca de que el concepto de ciudadanía no es sencillo; es polisémico, es polivalente, en algunos casos, incluso es confuso y está ligado a los objetivos y al marco del pensamiento de las personas o grupos que lo proponen. Un punto de partida sería la definición de ciudadano o ciudadana como alguien que vive en una nación, se naturalizó en algún país y es sujeto de ciertos derechos; esta idea, si bien extremadamente simple es la que se identifica por la mayoría de las personas.

Lógicamente, este concepto de ciudadanía es demasiado restringido para explicar un fenómeno tan complejo. La noción de ciudadanía existe siempre en función de una relación entre sociedad y estado. La palabra ciudadano viene de ciudad; la ciudadanía, desde la polis griega, con su sistema de democracia deliberativa, era una ciudadanía para unos pocos. El concepto de ciudadano que ha primado en los últimos siglos, por lo menos a partir de la Revolución Francesa, se relaciona con el sujeto que tiene derecho a elegir y a ser elegido. Por supuesto que no es el que se discute hoy, sobre todo en los ámbitos educativos, pues resulta inadecuado restringir el concepto de ciudadanía al derecho al voto.

Autores como Parisí y Penna, plantean: “Observamos que la ciudadanía no es mera expresión teórica, sino acción concreta, por lo que el ejercicio de ella, está plasmada en la participación política. De no haber participación política, la ciudadanía se constituiría en una entelequia”. Esta visión se puede entender como una comprensión restringida al actuar político del sujeto ciudadano, es decir, las acciones más directamente relacionadas con el ejercicio político (el voto durante comicios, militancia en un partido u organización política, manifestaciones públicas sobre el ejercicio de gobierno, entre otras). Hasta cierto punto, esta comprensión estrecha y ha influido en la insuficiente atención que se ha brindado en las instituciones educativas a este importante problema.

Otros autores, como Borón, abordan la “ciudadanía” desde un ángulo más bien jurídico y social, al referirla al reconocimiento mediante el cual una persona tiene derechos y deberes por su pertenencia a una comunidad (en el sentido de un territorio concreto en un momento determinado). Esta posición se enmarca en la tradición liberal de origen latino –dirigida al reconocimiento formal de los derechos jurídicos de la persona ciudadana–, y a la perspectiva comunitaria, de origen griego, orientada al rol del ciudadano como actor social, donde la ciudadanía dependería de esa participación.

De acuerdo con lo expresado, la ciudadanía se concibe como la disposición y preparación del individuo para participar de forma activa y efectiva en la vida social, política y económica de la sociedad en que vive, sobre la base del ejercicio de sus derechos como ciudadano y del cumplimiento de sus deberes, con conocimiento de la organización política y social del país. Además, se considera que la esencia de la verdadera ciudadanía no se asocia solo con el país de origen, un individuo es un verdadero ciudadano cuando se siente parte de una comunidad más amplia, más trascendente: toda la humanidad.

Es bastante común la identificación de la educación ciudadana con la educación cívica. De acuerdo con Caruso, de la mano de la realidad social y política de los países de la región, se fomentó el desarrollo de una educación cívica cuyos principales componentes eran los contenidos patrióticos: la historia vista desde los hechos heroicos; los símbolos patrios; un conocimiento superficial de las leyes, los derechos y las obligaciones “ciudadanas”, etc. Es comprensible esta reflexión donde se evidencia que la citada autora discrepe de los conceptos estrechos sobre educación ciudadana.

En una línea similar al pensamiento anterior, Cerutti subraya que Conde se opone a la idea del “civismo” concentrado en una asignatura, como apuesta para la formación de ciudadanía. Este autor apunta que de esta forma se recupera la definición de educación ciudadana, centrada en las competencias para participar en la toma de decisiones que afectan colectivamente y en privilegiar, por tanto, el aprender a aprender, con toda la carga de reivindicación democrática verdadera.

No es el propósito de este trabajo dilucidar con amplitud las disquisiciones en cuanto a las diferencias y convergencias que puedan existir entre la concepción de educación ciudadana, educación cívica y otros conceptos afines. Existen, como se ha apuntado, puntos de vista muy diversos que dependen fundamentalmente de los enfoques y concepciones que sustentan los estudiosos de este tema.

Muy aparejado a la evocación política, aparece, en relación con la “ciudadanía”, el concepto de democracia, que según Montero, “como práctica, implicaría la adquisición de derechos y el cumplimiento de una normativa determinada, y la puesta en marcha del ejercicio de la ciudadanía sería entonces la participación en la vida social”. De la aportación de este autor se recupera, para este estudio, la significación social de este concepto; pero se discrepa en su identificación con el cumplimiento de derechos y normativas. Si fuera así, ¿dónde queda el aporte de las personas?, ¿cómo sería posible transformar la sociedad?

Del mismo modo, se destaca el nuevo rol docente como modelo, tanto en lo referido a su preparación profesional, como en el sentido de la manera de ofrecer su contribución al desarrollo social, la consolidación de la democracia y el alcance de metas superiores en el desarrollo del ser humano. En lo formativo; el trabajo de la escuela actual aún es pobre y no siempre se corresponde con una realidad compleja, diversa, contradictoria. A ello se suman los efectos derivados de una poderosa influencia, en los estudiantes, de factores como: los medios de comunicación y las tecnologías de la información. Estas insuficiencias implican una separación entre lo que “provee” la institución educativa en materia formativa y la realidad, la vida, donde se concreta su participación como ciudadano o ciudadana.

Ibáñez-Martín precisa determinados aspectos relacionados con la ciudadanía, con el fin de caracterizarla como objeto de investigación, aunque es obvio que, en el proceso formativo, todos los aspectos que la integran se entrelazan y se asimilan como sistema, la separación es producto de una abstracción, útil solo para su análisis y tratamiento pedagógico. De acuerdo con el citado autor, la educación ciudadana posee como esencia la concientización de cada ciudadano sobre el conjunto de derechos y deberes individuales y colectivos (personal, política, civil y social); una actitud solidaria con los demás miembros de la comunidad y la disposición a la participación política activa.

Se deduce que se trata de educar al estudiantado para el conocimiento y práctica de sus derechos a un nivel de vida digno, recibir los servicios básicos para el bienestar individual y social, participar activamente en las decisiones que afectan su vida particular y social, tanto de la comunidad más inmediata como del país en general. Estos objetivos generalmente no aparecen explícitos en los diferentes perfiles de egreso, por tanto, no reciben tratamiento en las actividades educativas ni son abarcados en la vida interna de las instituciones. Incluso, en ocasiones, se desconoce por docentes y estudiantes la normativa del centro, de la cual –si se habla de derechos ciudadanos– deberían ser partícipes. En este sentido, al analizar los resultados de un estudio, Ávila precisa que los estudiantes “…consideran que, muchas veces, no se da una completa divulgación de la normativa interna, por lo que dicen que urge conocer no sólo los derechos, sino, también, los deberes. Mencionan, además, que cada persona debe apropiarse de la normativa interna”.

Una educación ciudadana debe habilitar al estudiantado para actuar adecuadamente como persona y sujeto social, para saber respetar y valorar a los otros y a sí mismo desde una óptica constitucional y humanista, para defender los derechos humanos y preservar el entorno, así como para analizar los aspectos morales de la realidad. Además, para insertarse responsablemente en la sociedad y convertirse en un ciudadano correctamente educado, respetuoso de las normas de convivencia, laborioso, capaz de dar y recibir amor. Asimismo, cumplidor de sus deberes, defensor de los derechos individuales, colectivos y activo participante en la edificación de la sociedad.

Este estudio no comparte las visiones estrechas sobre la educación ciudadana. Por tanto, se identifica, como referente importante, la posición de Landeros quien expresa que desde un punto de vista limitado, pareciera que la tarea de “formar ciudadanía” desde la escuela se resuelve solo desde un plano académico en el que intervienen contenidos curriculares, métodos y medios de enseñanza. El asunto es más complejo, la formación ciudadana exige a la escuela más que las perspectivas y materiales oficiales; incluso más que los saberes de los maestros. Se trata de un conocimiento, que se toma en cuenta en cada acto educativo, estrechamente vinculado con la vida cotidiana de quienes habitan una nación y el mundo.

A partir de lo analizado, se advierte que las concepciones sobre la educación ciudadana aparecen ineludiblemente ligadas a la participación activa de las personas en el análisis y transformación de la realidad, incluso más allá de ella, pero es a través de una verdadera democracia como es posible concretar ese “deber ser ciudadano”.

Las ideas que en este estudio se preconizan son opuestas a la comprensión del cumplimiento de deberes y derechos como un dogma, así como al aprendizaje memorístico de unas normas de conducta, y de otros aspectos que atañen a la ciudadanía. Se trata de una participación ciudadana activa, basada en una madurez personal que se complemente con las exigencias de su comunidad y la sociedad en general, en función de un bien común. De aquí surge una relación que ha de ser abordada en la práctica de la educación ciudadana democrática: la que se establece entre el mundo en general, y cada país, comunidad, escuela, grupo, etc.

De acuerdo con el análisis de las fuentes que abordan la educación ciudadana, fue posible encontrar algunas regularidades en las interpretaciones y enfoques, entre las que se encuentran:

          Se consigna como parte de la formación integral del individuo, al comprender el actuar activo como ciudadano, en cada contexto de actuación.
          Se identifica con la educación cívica, como asignatura.
          Se asume como una asignatura en sí misma.
          Se trabaja como un eje transversal del currículo.
          Se prepondera su aplicación especialmente en la política, los aspectos jurídicos, entre otros.
          Solo en las últimas décadas se identifica la necesidad de trabajar la educación ciudadana desde las instituciones escolares.

El reconocimiento de las posiciones anteriores justifica cualquier esfuerzo por mejorar la preparación del estudiante para un desempeño efectivo en la sociedad, que a su vez resulte satisfactorio para él como persona. Cuando este hecho ocurre como resultado de una presión externa, no revierte valor ni social ni personal, precisamente porque puede dejar de manifestarse, al momento de no sentir la presión. De otra forma, no existirá, entonces, una formación verdadera, consciente, sino simplemente un formalismo, un adoctrinamiento. Por ello, resulta indispensable, también, el reconocimiento de la educación ciudadana en el crecimiento personal. Por tanto, la educación ciudadana no se ha de dejarse solamente a lo que pueda hacer la escuela, la familia, la influencia educativa del medio y la de aislados ejemplos; o a lo que puede hacer la “transmisión” de tradiciones populares, sino que debe proyectarse el trabajo de forma consciente y coherente, sobre la base de las teorías, como generalizaciones de buenas prácticas educativas en correspondencia con el tipo de institución.

Con frecuencia se piensa que la formación ciudadana puede tener buenos resultados, si se integran asignaturas en el currículo con este objetivo; sin embargo, como apuntan García y Flores, existen datos que no corroboran esta idea acerca de los efectos del currículo en la formación estudiantil. Los resultados arrojados por otros estudios al comparar los datos arrojados por investigaciones realizadas con grupos de alumnos educados a partir de distintos programas de formación ciudadana, manifiestan que no existen variaciones en relación con el conocimiento y las actitudes ciudadanas, pese a que los estudiantes componentes de la muestra en el año 2009 fueron formados con el nuevo currículo. Esto constituye una clara evidencia de que, pese a las transformaciones curriculares, no se ha logrado formar a los ciudadanos y ciudadanas que una sociedad democrática necesita.

De allí que la visión acerca de que la educación ciudadana ha de ser parte consustancial de toda actividad en la institución educativa y no de una disciplina en particular. Esta formación, para que sea verdaderamente autotransformadora del estudiantado y a su vez transformadora de la realidad, ha de develarse mediante una participación activa y consciente del estudiantado, en cada una de las decisiones personales, escolares, familiares, etc.


Extraído de
La educación para una ciudadanía democrática en las instituciones educativas: Su abordaje sociopedagógico
Autores
Arturo Torres Bugdud
Facultad de Ingeniería Mecánica y Eléctrica
Universidad Autónoma de Nuevo León México
Nivia Álvarez Aguilar
Facultad de Ingeniería Mecánica y Eléctrica
Universidad Autónoma de Nuevo León México
María del Roble Obando Rodríguez
Facultad de Ciencias de la Comunicación
Universidad Autónoma de Nuevo León México


lunes, 21 de julio de 2014

Transmisión y difusión de la información en la sociedad mediática

Estamos en medio de una ola de grandes cambios, en lo referente a las oportunidades de conseguir información, en todo el mundo, y más aún en comunidades como la Sanluiseña. Hasta hace poco sólo se disponía de un par de canales de TV de aire, de radios AM, telefonía mediada por operadora, algunos pocos libros, y en la actualidad tenemos enorme cantidad de datos, presentados en diversos formatos ¿Estamos preparados para recibirlos? ¿De qué manera esto nos puede ayudar a construir una sociedad mejor? ¿Cómo integrarnos a esta cultura digital?



Las diferentes formas de transmisión de la información constituyen una cuestión importante, que se engloba dentro de la realización de un trabajo de investigación y revisión bibliográfica, sin embargo la emisión de un juicio medianamente anárquico y desligado de cualquier prejuicio social o político supone una tarea difícil y laboriosa. La transmisión de información en la era digital se realiza a través de diferentes medios y no se encuentra desligada de la ideología política que cada canal informativo muestra o posee, a esta cuestión hemos de añadir el valor y realidad de la información, aspectos que desde siempre han preocupado e interesado. La cantidad y rapidez con que la información se genera y distribuye provoca la necesidad de que el receptor se encuentre formado, si quiere ser más o menos selectivo con aquello que le interesa; la formación del criterio propio preocupa cada vez más, y conforme avanza el tiempo su alcance se presenta más difícil.


La falsa inmediatez, o la falta de perspectiva histórica nos recuerdan que estamos viviendo en la era de la cultura digital, lo que provoca la necesidad de saber cuál es el verdadero significado de este concepto y a qué alude concretamente. Estos y otros interrogantes relacionados con ellos podrán responderse sin mayor dificultad dentro de un tiempo, la proximidad con la que se desarrollan los hechos dificulta o, en ocasiones, impide que emitamos juicios realistas y certeros. La fascinación de las nuevas tecnologías y el interés por conocer multitud de pantallas y formas de comunicarnos provocan que el sujeto vea menguadas sus capacidades, e incluso asista a un proceso en el cual se atrofie.


Los recientes y múltiples medios de comunicación generan una cierta dependencia social llegando a determinar el comportamiento y respuesta del sujeto y la masiva difusión de la información transmitida por canales tecnológicos y digitales, esto no debe desbordarnos; tampoco lo ha de hacer la que utiliza formatos tradicionales que, en ocasiones, parecen haber quedado relegados a un pasado relativamente reciente, y si cabe inmediato. Entre los tradicionales destacamos la prensa en formato papel o la radio, medios de comunicación que actualmente y debido a la introducción masiva de las nuevas tecnologías están viéndose relegadas por las nuevas pantallas, tales como: televisión, teléfonos móviles u otros más recientes como tablets, iphone o ebook, entre otros. En la sociedad red destacan aquellos medios que permiten el acceso a internet y que, de algún modo, proporcionan comunicación inmediata de forma interactiva: el valor de la inmediatez impera hoy día en nuestras vidas, la sociedad según señala Gozálvez Pérez  

alberga nuevas formas de socialización y de relación virtual: la Red se ofrece como oportunidad para el aprendizaje y como resorte para una socialización complementaria, en la construcción de lo que podríamos llamar ciudadanía digital.


La situación tecnológico-digital a la que asistimos provoca el desarrollo de las relaciones interindividuales de modo diferente al conocido hasta la actualidad, su introducción y consecuente implantación conduce al desarrollo de nuevas formas de interacción de la ciudadanía y, por otra, supone la intromisión de los nuevos medios provocando la existencia de una brecha entre aquellos que pueden o tienen acceso a estos y los que no; contribuye, por una parte, a la conformación de la denominada ciudadanía digital que puede comunicarse a millones de kilómetros y ahonda, por otra, en las diferencias establecidas entre los que tienen y los que no. En este punto el concepto de ciudadanía entendido como lo planteábamos puede verse desprovisto de argumentos en tanto que, no podemos señalar, al menos por el momento, que la ciudadanía digital evolucione de igual modo en todos los lugares del planeta; por otra parte, tampoco estaríamos asistiendo a un proceso de convivencia entre iguales puesto que, desde el momento en el que unos tiene acceso a los medios digitales y otros no, se rompe o trunca de algún modo esta pretensión y se acrecienta la brecha social y digital tanto a nivel geográfico como económico o cultural.


Tanto la diversidad de culturas presentes en un mismo espacio como la multitud de medios, existentes deben ir integrándose en la actual sociedad de forma paulatina y constante, del modo más equitativo posible.



Extraído de
La educación ante las nuevas miradas: Competencia comunicativa y actitud crítica de la ciudadanía mediática.
Revista Iberoamericana de Educación
n.º 59/4 – 15/08/12
Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI-CAEU)

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