domingo, 31 de agosto de 2014

Fundamentos epistemológicos que sustentan la educación ciudadana democrática

¿Cuál es nuestra idea de ciudadanía? ¿Existe sin participación política? Entonces ¿Qué concepto de “democracia” adoptamos? Consecuentemente con todo esto ¿Cuál debe ser el rol docente a adoptar? ¿Qué fundamentos debe asumir la “Educación ciudadana”?


Es insuficiente la comprensión tanto por parte de quienes trazan las políticas educativas como por los directivos y docentes de las instituciones escolares y extraescolares, acerca de que el proceso educativo requiere hoy más que nunca su acercamiento a la vida social. Si se está de acuerdo en que la educación es el factor más poderoso en la formación del ser humano, entonces no se puede eludir su compromiso, ni ponerlo en manos de otros factores y agentes. Por esta razón, la educación ciudadana desde las instituciones educativas es una urgencia impostergable para la solución a los graves problemas que afronta la sociedad actual.

Se coincide con Caruso acerca de que el concepto de ciudadanía no es sencillo; es polisémico, es polivalente, en algunos casos, incluso es confuso y está ligado a los objetivos y al marco del pensamiento de las personas o grupos que lo proponen. Un punto de partida sería la definición de ciudadano o ciudadana como alguien que vive en una nación, se naturalizó en algún país y es sujeto de ciertos derechos; esta idea, si bien extremadamente simple es la que se identifica por la mayoría de las personas.

Lógicamente, este concepto de ciudadanía es demasiado restringido para explicar un fenómeno tan complejo. La noción de ciudadanía existe siempre en función de una relación entre sociedad y estado. La palabra ciudadano viene de ciudad; la ciudadanía, desde la polis griega, con su sistema de democracia deliberativa, era una ciudadanía para unos pocos. El concepto de ciudadano que ha primado en los últimos siglos, por lo menos a partir de la Revolución Francesa, se relaciona con el sujeto que tiene derecho a elegir y a ser elegido. Por supuesto que no es el que se discute hoy, sobre todo en los ámbitos educativos, pues resulta inadecuado restringir el concepto de ciudadanía al derecho al voto.

Autores como Parisí y Penna, plantean: “Observamos que la ciudadanía no es mera expresión teórica, sino acción concreta, por lo que el ejercicio de ella, está plasmada en la participación política. De no haber participación política, la ciudadanía se constituiría en una entelequia”. Esta visión se puede entender como una comprensión restringida al actuar político del sujeto ciudadano, es decir, las acciones más directamente relacionadas con el ejercicio político (el voto durante comicios, militancia en un partido u organización política, manifestaciones públicas sobre el ejercicio de gobierno, entre otras). Hasta cierto punto, esta comprensión estrecha y ha influido en la insuficiente atención que se ha brindado en las instituciones educativas a este importante problema.

Otros autores, como Borón, abordan la “ciudadanía” desde un ángulo más bien jurídico y social, al referirla al reconocimiento mediante el cual una persona tiene derechos y deberes por su pertenencia a una comunidad (en el sentido de un territorio concreto en un momento determinado). Esta posición se enmarca en la tradición liberal de origen latino –dirigida al reconocimiento formal de los derechos jurídicos de la persona ciudadana–, y a la perspectiva comunitaria, de origen griego, orientada al rol del ciudadano como actor social, donde la ciudadanía dependería de esa participación.

De acuerdo con lo expresado, la ciudadanía se concibe como la disposición y preparación del individuo para participar de forma activa y efectiva en la vida social, política y económica de la sociedad en que vive, sobre la base del ejercicio de sus derechos como ciudadano y del cumplimiento de sus deberes, con conocimiento de la organización política y social del país. Además, se considera que la esencia de la verdadera ciudadanía no se asocia solo con el país de origen, un individuo es un verdadero ciudadano cuando se siente parte de una comunidad más amplia, más trascendente: toda la humanidad.

Es bastante común la identificación de la educación ciudadana con la educación cívica. De acuerdo con Caruso, de la mano de la realidad social y política de los países de la región, se fomentó el desarrollo de una educación cívica cuyos principales componentes eran los contenidos patrióticos: la historia vista desde los hechos heroicos; los símbolos patrios; un conocimiento superficial de las leyes, los derechos y las obligaciones “ciudadanas”, etc. Es comprensible esta reflexión donde se evidencia que la citada autora discrepe de los conceptos estrechos sobre educación ciudadana.

En una línea similar al pensamiento anterior, Cerutti subraya que Conde se opone a la idea del “civismo” concentrado en una asignatura, como apuesta para la formación de ciudadanía. Este autor apunta que de esta forma se recupera la definición de educación ciudadana, centrada en las competencias para participar en la toma de decisiones que afectan colectivamente y en privilegiar, por tanto, el aprender a aprender, con toda la carga de reivindicación democrática verdadera.

No es el propósito de este trabajo dilucidar con amplitud las disquisiciones en cuanto a las diferencias y convergencias que puedan existir entre la concepción de educación ciudadana, educación cívica y otros conceptos afines. Existen, como se ha apuntado, puntos de vista muy diversos que dependen fundamentalmente de los enfoques y concepciones que sustentan los estudiosos de este tema.

Muy aparejado a la evocación política, aparece, en relación con la “ciudadanía”, el concepto de democracia, que según Montero, “como práctica, implicaría la adquisición de derechos y el cumplimiento de una normativa determinada, y la puesta en marcha del ejercicio de la ciudadanía sería entonces la participación en la vida social”. De la aportación de este autor se recupera, para este estudio, la significación social de este concepto; pero se discrepa en su identificación con el cumplimiento de derechos y normativas. Si fuera así, ¿dónde queda el aporte de las personas?, ¿cómo sería posible transformar la sociedad?

Del mismo modo, se destaca el nuevo rol docente como modelo, tanto en lo referido a su preparación profesional, como en el sentido de la manera de ofrecer su contribución al desarrollo social, la consolidación de la democracia y el alcance de metas superiores en el desarrollo del ser humano. En lo formativo; el trabajo de la escuela actual aún es pobre y no siempre se corresponde con una realidad compleja, diversa, contradictoria. A ello se suman los efectos derivados de una poderosa influencia, en los estudiantes, de factores como: los medios de comunicación y las tecnologías de la información. Estas insuficiencias implican una separación entre lo que “provee” la institución educativa en materia formativa y la realidad, la vida, donde se concreta su participación como ciudadano o ciudadana.

Ibáñez-Martín precisa determinados aspectos relacionados con la ciudadanía, con el fin de caracterizarla como objeto de investigación, aunque es obvio que, en el proceso formativo, todos los aspectos que la integran se entrelazan y se asimilan como sistema, la separación es producto de una abstracción, útil solo para su análisis y tratamiento pedagógico. De acuerdo con el citado autor, la educación ciudadana posee como esencia la concientización de cada ciudadano sobre el conjunto de derechos y deberes individuales y colectivos (personal, política, civil y social); una actitud solidaria con los demás miembros de la comunidad y la disposición a la participación política activa.

Se deduce que se trata de educar al estudiantado para el conocimiento y práctica de sus derechos a un nivel de vida digno, recibir los servicios básicos para el bienestar individual y social, participar activamente en las decisiones que afectan su vida particular y social, tanto de la comunidad más inmediata como del país en general. Estos objetivos generalmente no aparecen explícitos en los diferentes perfiles de egreso, por tanto, no reciben tratamiento en las actividades educativas ni son abarcados en la vida interna de las instituciones. Incluso, en ocasiones, se desconoce por docentes y estudiantes la normativa del centro, de la cual –si se habla de derechos ciudadanos– deberían ser partícipes. En este sentido, al analizar los resultados de un estudio, Ávila precisa que los estudiantes “…consideran que, muchas veces, no se da una completa divulgación de la normativa interna, por lo que dicen que urge conocer no sólo los derechos, sino, también, los deberes. Mencionan, además, que cada persona debe apropiarse de la normativa interna”.

Una educación ciudadana debe habilitar al estudiantado para actuar adecuadamente como persona y sujeto social, para saber respetar y valorar a los otros y a sí mismo desde una óptica constitucional y humanista, para defender los derechos humanos y preservar el entorno, así como para analizar los aspectos morales de la realidad. Además, para insertarse responsablemente en la sociedad y convertirse en un ciudadano correctamente educado, respetuoso de las normas de convivencia, laborioso, capaz de dar y recibir amor. Asimismo, cumplidor de sus deberes, defensor de los derechos individuales, colectivos y activo participante en la edificación de la sociedad.

Este estudio no comparte las visiones estrechas sobre la educación ciudadana. Por tanto, se identifica, como referente importante, la posición de Landeros quien expresa que desde un punto de vista limitado, pareciera que la tarea de “formar ciudadanía” desde la escuela se resuelve solo desde un plano académico en el que intervienen contenidos curriculares, métodos y medios de enseñanza. El asunto es más complejo, la formación ciudadana exige a la escuela más que las perspectivas y materiales oficiales; incluso más que los saberes de los maestros. Se trata de un conocimiento, que se toma en cuenta en cada acto educativo, estrechamente vinculado con la vida cotidiana de quienes habitan una nación y el mundo.

A partir de lo analizado, se advierte que las concepciones sobre la educación ciudadana aparecen ineludiblemente ligadas a la participación activa de las personas en el análisis y transformación de la realidad, incluso más allá de ella, pero es a través de una verdadera democracia como es posible concretar ese “deber ser ciudadano”.

Las ideas que en este estudio se preconizan son opuestas a la comprensión del cumplimiento de deberes y derechos como un dogma, así como al aprendizaje memorístico de unas normas de conducta, y de otros aspectos que atañen a la ciudadanía. Se trata de una participación ciudadana activa, basada en una madurez personal que se complemente con las exigencias de su comunidad y la sociedad en general, en función de un bien común. De aquí surge una relación que ha de ser abordada en la práctica de la educación ciudadana democrática: la que se establece entre el mundo en general, y cada país, comunidad, escuela, grupo, etc.

De acuerdo con el análisis de las fuentes que abordan la educación ciudadana, fue posible encontrar algunas regularidades en las interpretaciones y enfoques, entre las que se encuentran:

          Se consigna como parte de la formación integral del individuo, al comprender el actuar activo como ciudadano, en cada contexto de actuación.
          Se identifica con la educación cívica, como asignatura.
          Se asume como una asignatura en sí misma.
          Se trabaja como un eje transversal del currículo.
          Se prepondera su aplicación especialmente en la política, los aspectos jurídicos, entre otros.
          Solo en las últimas décadas se identifica la necesidad de trabajar la educación ciudadana desde las instituciones escolares.

El reconocimiento de las posiciones anteriores justifica cualquier esfuerzo por mejorar la preparación del estudiante para un desempeño efectivo en la sociedad, que a su vez resulte satisfactorio para él como persona. Cuando este hecho ocurre como resultado de una presión externa, no revierte valor ni social ni personal, precisamente porque puede dejar de manifestarse, al momento de no sentir la presión. De otra forma, no existirá, entonces, una formación verdadera, consciente, sino simplemente un formalismo, un adoctrinamiento. Por ello, resulta indispensable, también, el reconocimiento de la educación ciudadana en el crecimiento personal. Por tanto, la educación ciudadana no se ha de dejarse solamente a lo que pueda hacer la escuela, la familia, la influencia educativa del medio y la de aislados ejemplos; o a lo que puede hacer la “transmisión” de tradiciones populares, sino que debe proyectarse el trabajo de forma consciente y coherente, sobre la base de las teorías, como generalizaciones de buenas prácticas educativas en correspondencia con el tipo de institución.

Con frecuencia se piensa que la formación ciudadana puede tener buenos resultados, si se integran asignaturas en el currículo con este objetivo; sin embargo, como apuntan García y Flores, existen datos que no corroboran esta idea acerca de los efectos del currículo en la formación estudiantil. Los resultados arrojados por otros estudios al comparar los datos arrojados por investigaciones realizadas con grupos de alumnos educados a partir de distintos programas de formación ciudadana, manifiestan que no existen variaciones en relación con el conocimiento y las actitudes ciudadanas, pese a que los estudiantes componentes de la muestra en el año 2009 fueron formados con el nuevo currículo. Esto constituye una clara evidencia de que, pese a las transformaciones curriculares, no se ha logrado formar a los ciudadanos y ciudadanas que una sociedad democrática necesita.

De allí que la visión acerca de que la educación ciudadana ha de ser parte consustancial de toda actividad en la institución educativa y no de una disciplina en particular. Esta formación, para que sea verdaderamente autotransformadora del estudiantado y a su vez transformadora de la realidad, ha de develarse mediante una participación activa y consciente del estudiantado, en cada una de las decisiones personales, escolares, familiares, etc.


Extraído de
La educación para una ciudadanía democrática en las instituciones educativas: Su abordaje sociopedagógico
Autores
Arturo Torres Bugdud
Facultad de Ingeniería Mecánica y Eléctrica
Universidad Autónoma de Nuevo León México
Nivia Álvarez Aguilar
Facultad de Ingeniería Mecánica y Eléctrica
Universidad Autónoma de Nuevo León México
María del Roble Obando Rodríguez
Facultad de Ciencias de la Comunicación
Universidad Autónoma de Nuevo León México


lunes, 21 de julio de 2014

Transmisión y difusión de la información en la sociedad mediática

Estamos en medio de una ola de grandes cambios, en lo referente a las oportunidades de conseguir información, en todo el mundo, y más aún en comunidades como la Sanluiseña. Hasta hace poco sólo se disponía de un par de canales de TV de aire, de radios AM, telefonía mediada por operadora, algunos pocos libros, y en la actualidad tenemos enorme cantidad de datos, presentados en diversos formatos ¿Estamos preparados para recibirlos? ¿De qué manera esto nos puede ayudar a construir una sociedad mejor? ¿Cómo integrarnos a esta cultura digital?



Las diferentes formas de transmisión de la información constituyen una cuestión importante, que se engloba dentro de la realización de un trabajo de investigación y revisión bibliográfica, sin embargo la emisión de un juicio medianamente anárquico y desligado de cualquier prejuicio social o político supone una tarea difícil y laboriosa. La transmisión de información en la era digital se realiza a través de diferentes medios y no se encuentra desligada de la ideología política que cada canal informativo muestra o posee, a esta cuestión hemos de añadir el valor y realidad de la información, aspectos que desde siempre han preocupado e interesado. La cantidad y rapidez con que la información se genera y distribuye provoca la necesidad de que el receptor se encuentre formado, si quiere ser más o menos selectivo con aquello que le interesa; la formación del criterio propio preocupa cada vez más, y conforme avanza el tiempo su alcance se presenta más difícil.


La falsa inmediatez, o la falta de perspectiva histórica nos recuerdan que estamos viviendo en la era de la cultura digital, lo que provoca la necesidad de saber cuál es el verdadero significado de este concepto y a qué alude concretamente. Estos y otros interrogantes relacionados con ellos podrán responderse sin mayor dificultad dentro de un tiempo, la proximidad con la que se desarrollan los hechos dificulta o, en ocasiones, impide que emitamos juicios realistas y certeros. La fascinación de las nuevas tecnologías y el interés por conocer multitud de pantallas y formas de comunicarnos provocan que el sujeto vea menguadas sus capacidades, e incluso asista a un proceso en el cual se atrofie.


Los recientes y múltiples medios de comunicación generan una cierta dependencia social llegando a determinar el comportamiento y respuesta del sujeto y la masiva difusión de la información transmitida por canales tecnológicos y digitales, esto no debe desbordarnos; tampoco lo ha de hacer la que utiliza formatos tradicionales que, en ocasiones, parecen haber quedado relegados a un pasado relativamente reciente, y si cabe inmediato. Entre los tradicionales destacamos la prensa en formato papel o la radio, medios de comunicación que actualmente y debido a la introducción masiva de las nuevas tecnologías están viéndose relegadas por las nuevas pantallas, tales como: televisión, teléfonos móviles u otros más recientes como tablets, iphone o ebook, entre otros. En la sociedad red destacan aquellos medios que permiten el acceso a internet y que, de algún modo, proporcionan comunicación inmediata de forma interactiva: el valor de la inmediatez impera hoy día en nuestras vidas, la sociedad según señala Gozálvez Pérez  

alberga nuevas formas de socialización y de relación virtual: la Red se ofrece como oportunidad para el aprendizaje y como resorte para una socialización complementaria, en la construcción de lo que podríamos llamar ciudadanía digital.


La situación tecnológico-digital a la que asistimos provoca el desarrollo de las relaciones interindividuales de modo diferente al conocido hasta la actualidad, su introducción y consecuente implantación conduce al desarrollo de nuevas formas de interacción de la ciudadanía y, por otra, supone la intromisión de los nuevos medios provocando la existencia de una brecha entre aquellos que pueden o tienen acceso a estos y los que no; contribuye, por una parte, a la conformación de la denominada ciudadanía digital que puede comunicarse a millones de kilómetros y ahonda, por otra, en las diferencias establecidas entre los que tienen y los que no. En este punto el concepto de ciudadanía entendido como lo planteábamos puede verse desprovisto de argumentos en tanto que, no podemos señalar, al menos por el momento, que la ciudadanía digital evolucione de igual modo en todos los lugares del planeta; por otra parte, tampoco estaríamos asistiendo a un proceso de convivencia entre iguales puesto que, desde el momento en el que unos tiene acceso a los medios digitales y otros no, se rompe o trunca de algún modo esta pretensión y se acrecienta la brecha social y digital tanto a nivel geográfico como económico o cultural.


Tanto la diversidad de culturas presentes en un mismo espacio como la multitud de medios, existentes deben ir integrándose en la actual sociedad de forma paulatina y constante, del modo más equitativo posible.



Extraído de
La educación ante las nuevas miradas: Competencia comunicativa y actitud crítica de la ciudadanía mediática.
Revista Iberoamericana de Educación
n.º 59/4 – 15/08/12
Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI-CAEU)

domingo, 1 de junio de 2014

Educación emocional del docente


El rol del docente no se limita al de la enseñanza, debe afrontar diversos roles y exigencias de diversas naturalezas. Debe manejar sus emociones adecuadamente, entonces ¿Qué significa la Educación Emocional? ¿Qué sentido tiene el autocontrol emocional?  ¿Se trabaja en las aulas la dimensión emocional del docente?


Para hablar de la educación emocional del docente, es importante tomar en cuenta el contexto actual que se vive en la sociedad, las exigencias para los profesores, los desafíos que debe afrontar considerando no solo su rol profesional de enseñanza para que el aprendizaje del estudiante sea significativo, sino los múltiples roles que debe cumplir con quienes son nativos digitales, con los padres y su ausencia a cubrir, las tareas administrativas de planificación, corrección de tareas, elaboración, ajuste, entrega de planes, reuniones, capacitaciones en el marco de la formación continua, sumado a la vida personal, familiar y social fuera de una institución educativa.

Cuán importante que el educador pueda equilibrar su vida dentro y fuera de la escuela, mirándose a si mismo, para que a partir de allí pueda construir “un puente entre la escuela y la vida”, como titula uno de sus libros Ander-Egg, hablando sobre la búsqueda de un modelo de educación anclado en la realidad, capaz de superar la dicotomía existente entre lo que se enseña en las aulas y lo que los alumnos viven –y aprenden- en su vida cotidiana. Cómo apostar a una educación de mayor calidad, si a veces uno olvida la calidad del docente, no solo a nivel de sus conocimientos, sino lo que vive en su día a día, su calidad de vida, el amor, la pasión por lo que hace, la entrega a la noble misión de enseñar. Se espera que sea un profesional que tiene en cuenta los pilares de la educación tales como el aprender a conocer, hacer, ser y vivir juntos, pero cómo lo enseñará si no lo vive? De allí que resulta fundamental el tema de volverse a la persona, centro y eje desde donde se imparte la enseñanza: el maestro y su educación emocional.

Emociones e inteligencia
Según Muñoz, las emociones son complejos estados del organismo en los que intervienen sentimientos, pensamientos y determinados cambios en el terreno biológico y psicológico del individuo. La importancia que sobre la vida de toda persona tienen las emociones es indudable. Afectan al pensamiento, a la actitud, influyen en la conducta, y determinan muchas veces la felicidad o infelicidad. Cada emoción afecta a la conducta de forma diferencial y una misma emoción puede dar lugar, en distintos momentos, a reacciones diferentes en un mismo individuo. Entonces, la realidad percibida del ambiente en que el docente se desenvuelve y la apreciación del mundo que le rodea, podría oscilar con su estado emocional, que a su vez tendría influencia en la manera en que se relaciona con los demás, sean éstos estudiantes, colegas, directivos, padres y cualquier otro miembro de la comunidad educativa. La capacidad para reconocer y manejar las emociones ayuda a aumentar la calidad de vida.

La inteligencia, en los términos de Woolfolk, es la capacidad o habilidad para adquirir y utilizar conocimientos con el fin de resolver problemas y adaptarse al mundo. En la actualidad se reconocen diversos tipos de inteligencia, desde la general, hasta las inteligencias múltiples, tomando cada vez mayor especificidad, por ejemplo, inteligencia social, inteligencia sexual, inteligencia emocional, entre otras.
Daniel Goleman ha realizado una gran contribución a la ciencia al unir dos vocablos, en apariencia, contradictorios, “inteligencia” y “emoción”, pero que en realidad son muy complementarias, y se ha desarrollado el concepto de inteligencia emocional.
El término Inteligencia Emocional (I.E.) fue utilizado por primera vez en 1990 por Peter Salovey y John Mayer, quienes definen a la I.E. como: "la capacidad de controlar y regular las emociones de uno mismo para resolver los problemas de manera pacífica, obteniendo un bienestar para sí mismo y para los demás"; es también guía del pensamiento y de la acción.

Desafíos profesionales que implican recursos emocionales
La sociedad del tercer milenio se presenta con cambios permanentes y relevantes. El hecho afecta, de una manera u otra, a las instituciones educativas y a sus miembros, quienes se enfrentan al desafío de garantizar buenos resultados para todos los estudiantes y promover un docente capacitado y entusiasta en constante actitud de aprender a aprender y emprender.

Uno de los actores educativos, el Docente, debe estar en alerta permanente ante las fluctuaciones sociohistóricas, económicas y culturales del contexto en el
cual desarrolla su actividad, capaz de orientar el desarrollo de la cultura infantil y juvenil a fin de prepararlos para responder a los retos de los nuevos tiempos; pero este docente, en la mayoría de los casos, desarrolla su labor en varias instituciones educativas; además, debe compaginar varias actividades, quizás estudiante, padre/ madre, esposo/ esposa, jefe/ jefa de hogar, y, en medio de todo, guiar el desarrollo y el aprendizaje de niños y adolescentes cuyas características psicofísicas, cambiantes de por sí, ya constituyen un desafío.

La multiplicidad de roles que cumple el docente, en la actualidad, y la influencia del medio en que vive y convive con los componentes de la comunidad educativa, podría afectarlo en su integridad como docente eficiente y eficaz. Además debe aprender a expresar y manejar las emociones adecuadamente: con capacidad de reconocer sus propias emociones, identificarlos y controlarlos, introduciéndolos en una línea de pensamiento reflexivo.

La educación emocional supone, por tanto:
1. Reconocer las propias emociones, los sentimientos y expresarlos de manera asertiva;
2. Saber controlar las propias emociones, dándoles una vía de salida como elemento de auto-regulación. Este control es diferente a la represión, que hace acumular tensión sin darle salida, más bien hace referencia a tener la capacidad de superar los bloqueos emocionales que ciertas situaciones conflictivas pueda generar de tal manera a controlar las emociones negativas para que no desplacen las positivas.

Un comportamiento conveniente supone una aceptación y manejo apropiado de las emociones, ésta es una labor educativa ya que puede ser enseñado y aprendido.
Si la percepción del docente, en cuanto a sus emociones, funciona en forma adecuada podría afrontar las situaciones cotidianas ya sean negativas o positivas y asumir las consecuencias de las decisiones personales de tal manera a lograr el equilibrio emocional, la autonomía y su propio bienestar. Originado en el vocablo en latín actio, el concepto de acción se refiere a dejar de tener un rol pasivo para pasar a hacer algo o bien a la consecuencia de esa actividad.

La actitud es la disposición voluntaria de una persona frente a la existencia en general o a un aspecto particular de ésta. Los seres humanos experimentan en su vida diversas emociones que distan de ser motivadas por su libre elección; en cambio, la actitud engloba aquellos fenómenos psíquicos sobre los que el hombre tiene uso de libertad y que le sirven para afrontar los diversos desafíos que se le presentan de un modo o de otro. Haciendo alusión al concepto de actitud, Kassin, Fein & Markus, la definen como reacción positiva, negativa o mixta en relación con una persona, un objeto o una idea. Incluso se habla del modelo ABC de las actitudes, con su componente cognitivo, afectivo y conductual. El componente afectivo comprende las emociones positivas o negativas acerca de algo.

El docente, más allá de su vida cotidiana, procurará por su autocontrol emocional, que es la capacidad que le permite controlarse, tener el dominio de sus emociones y no que éstas le controlen, sacándole la posibilidad de elegir lo que quiere sentir en cada momento de su vida.

Cada uno es actor o hacedor de su vida ya que de las pequeñas y grandes elecciones depende su existencia; se tiene la importante posibilidad de ser felices o no, más allá de los sucesos externos, siendo independientes y autónomos emocionalmente. Esos acontecimientos no son los que manejan la vida, sino cada uno como sujeto activo, responsable de su felicidad, dependiendo de la interpretación que se haga de ellos. Si se asume la postura de autores quienes afirman que “Somos lo que pensamos”, si se aprende a controlar los pensamientos también se podrá controlar las emociones, obteniendo mayor bienestar, que no es más que el estado o situación en el cual la satisfacción y la felicidad predominan.

El control emocional
La emoción es un estado afectivo, una reacción subjetiva al ambiente que viene acompañada de cambios orgánicos; establecen reacciones psicofisiológicas que representan modos de adaptación a ciertos estímulos ambientales o de uno mismo.
A través del control de la emoción y el pensamiento se puede cambiar las conductas, si son consecuencia de una percepción errónea o una mala expresión de las emociones. En el mundo emocional existe riesgo de hacer o hacerse daño. Se hace necesario, por tanto, aprender a controlar las emociones y saber expresarlas asertivamente.

En el ser humano la experiencia de una emoción involucra un conjunto de cogniciones, actitudes y creencias sobre el mundo, utilizado para valorar una situación concreta y, por tanto, influyen en el modo en el que se percibe tal situación.

Psicológicamente, las emociones alteran la atención, hacen subir de rango ciertas conductas guía de respuestas del individuo y activan redes asociativas relevantes en la memoria.

Conductualmente, las emociones sirven para establecer la posición con respecto al entorno, e impulsan hacia ciertas personas, objetos, acciones, ideas, mientras alejan de otros. Las emociones actúan también como depósito de influencias innatas y aprendidas, y poseen ciertas características invariables y otras que muestran cierta variación entre individuos, grupos y culturas.

En el ámbito educativo, la dimensión emocional ha sido obviada, y el interés se ha centrado, casi exclusivamente, en el desarrollo cognitivo. Sin embargo, si se considera como objetivo fundamental en la tarea de educar el conseguir un desarrollo integral y equilibrado de la personalidad del estudiante, no se puede dejar de lado el mundo de las emociones y sentimientos que tanto influye y modela la conducta.

Conocer cómo se procesan las emociones, cómo evolucionan, cómo se expresan, su papel en el aprendizaje y en el mundo de las relaciones interpersonales, entre profesor-alumno, entre profesor-profesor y entre alumnos y alumnos, son algunos de los aspectos que debe priorizar el docente. Las emociones están presentes en el aula, las de los alumnos y las del profesorado; su interrelación emocional puede dar como resultado el crecimiento de ambas partes o el sufrimiento de alguna de ellas o de las dos.

Dependiendo de la percepción y la capacidad de afrontamiento individual se incorporan positivas actitudes emocionales en la práctica profesional, en las interacciones o relaciones interpersonales, como una dimensión valiosa, o se puede temer al mundo emocional y el que pueda expresar el alumnado, ignorarlo o reprimirlo. Una vez adquirida esta habilidad, se convierte en una opción personal desarrollarlo y potenciarlo en el ámbito de desenvolvimiento. Es importante tener presente que un buen estado emocional del docente incide en la tarea profesional como también en el desempeño o logros del alumno.

La educación emocional en programas curriculares.
No se ha trabajado de forma suficiente en las aulas la educación emocional en los docentes, lo que implica la aparición de conflictos frecuentes entre el docente y alumno, siendo que es la persona responsable de orientar este aspecto y arbitrar o mediar los conflictos que pudieran presentarse entre pares.

En los fines de la educación paraguaya figura que busca la formación de mujeres y hombres que en la construcción de su propia personalidad logren suficiente madurez humana que les permita relacionarse comprensiva y solidariamente consigo mismo, con los demás, con la naturaleza y con Dios, en un diálogo transformador con el presente y el futuro de la sociedad a la que pertenecen, con los principios y valores en que ésta se fundamenta. Considerando esta declaración se puede observar la importancia que se le da a la persona como centro de formación, y su relación armónica con el otro.

Sin embargo, en la realidad, desde la formación en el nivel de Educación inicial, hasta la formación docente, no se observa de forma explícita la educación emocional en los programas curriculares más que como eje transversal, lo cual implica que unos docentes lo pueden tomar y desarrollar o promoverlo, mientras otros no, aún considerándose de capital importancia el desarrollo denominado integral. En algunas asignaturas tales como Formación ética y ciudadana, horas dedicadas a Proyecto, o en Desarrollo personal y social, se tienen algunos indicadores. La formación más bien se orienta a la transmisión de conocimientos sin tener en cuenta la situación personal, ni del alumno ni del docente, excepto que se otorga relevancia a la educación en derechos humanos en los diferentes niveles del sistema educativo. Se ha incluido en la carrera de formación docente la materia de “Educación en valores y transversalidad”, pero no se alude a la educación emocional propiamente dicha.

Esta es parte de la realidad paraguaya, cómo será en otros países, qué importancia se le da en la teoría y en la realidad.

Las emociones interactúan con el pensamiento y con la conducta. La conducta es la parte visible, pero existe una gran parte oculta en esta base, que será preciso trabajarlas en los docentes y estudiantes, dentro de los programas curriculares y fuera de ella. Hoy en día, con la irrupción de las tecnologías de la información y la comunicación en educación, y la implementación en algunos departamentos del programa de “una computadora por niño” y “una computadora por profesor”, surge el temor de que la máquina pueda sustituir al profesor, sin embargo, según Chalita, sólo son de aquellos que no tienen verdaderamente la vocación del magisterio, los que      son meros informadores desprovistos de emoción. No es posible que pregone autonomía sin ser autónomo, que hable de liberad sin experimentar la conquista de independencia, que quiera que su alumno sea feliz sin demostrar afecto. Y para que pueda transmitir afecto es preciso que sienta afecto, que viva el afecto. Ninguno da lo que no tiene. La formación es un factor fundamental para el profesor, no apenas la graduación universitaria o la post graduación, más la formación continuada, amplia, las actualizaciones y el perfeccionamiento. No basta que un profesor de Matemática conozca profundamente su materia, precisa entender de psicología, pedagogía, lenguaje, sexualidad, infancia, adolescencia, sueños, afecto, vida. Para quien tuvo una formación rígida, es difícil expresar los sentimientos, hay personas que no consiguen elogiar, que no consiguen abrazar, que no consiguen sonreír. El profesor tiene que romper esas barreras y trabajar sus limitaciones y la de sus alumnos.

No hay como separar el ser humano profesional del ser humano personal. Ciertamente el profesor tendrá sus problemas personales y tendrá más dificultades en desempeñar su trabajo en sala de aula. Los alumnos notarán la diferencia y eventual impaciencia del profesor en ese día, más ellos no saben los motivos y pueden interpretarlo erróneamente, por eso es preciso cuidar para que las contrariedades personales no causen heridas o resentimientos, realizando su tarea con la mayor serenidad posible.



Extraído de
Revista internacional de audición y lenguaje, logopedia, apoyo a la integración y multiculturalidad. Volumen 2, Número 3, Marzo 2013
RIALAIM
Educación emocional de los docentes.
Autora Salvadora Giménez Universidad Nacional de Asunción (Paraguay) Facultad de Filosofía

jueves, 24 de abril de 2014

¡Disparen contra los docentes!


¿Cuál es el mandato social manifiesto para la Educación? ¿Qué imagen del docente es la que circula? ¿Qué fundamentos tienen estas opiniones? ¿Tienen capacidad de autocrítica los docentes? ¿Qué clase de acosos sufre la Educación pública? ¿Cómo reconsiderar la mirada hacia los trabajadores de la Educación?



Está claro: la educación funciona bastante mal en casi todo el planeta. Las consecuencias de semejante descalabro se pueden observar por todos los sitios. Eso es lo que suponemos.

Vivimos en un mundo en crisis y la educación está llamada a redimirnos, a romper las cadenas que nos unen al atraso, a salvarnos de la adversidad, a empujarnos a un futuro de felicidad y bienestar. Falla la educación y la crisis se expande, multiplicándose, inventándose día a día en sus más variadas facetas: crisis económica, crisis de confianza, crisis institucional, crisis del modelo (o modelo de crisis), crisis política, crisis social, crisis cultural, crisis familiar, crisis de valores, crisis de abundancia y crisis escasez, crisis por el conformismo y por la insatisfacción, crisis por los excesos de los ricos y por el exceso de pobres, crisis del mundo del trabajo y crisis de un mundo sin trabajo, crisis de la infancia, de la juventud y de la ancianidad, crisis de la vida adulta, crisis en los estadios y en los santuarios, crisis de los vínculos, de los sentidos y de los sentimientos, de los afectos y de la subjetividad, crisis, al fin, crisis por todos lados.

Está claro: la crisis del mundo se reproduce y amplifica por la crisis de la educación. Eso es lo que suponemos.

Así las cosas, mientras no se encuentra el remedio, al menos, se pueden encontrar los culpables. En el Norte y en el Sur, la respuesta es siempre la misma: la educación funciona mal porque los docentes están mal preparados, carecen de las competencias necesarias para hacer de los niños y niñas sujetos emprendedores y competitivos, ciudadanos activos y responsables, consumidores criteriosos (u obsecuentes); porque los docentes son poco adeptos al esfuerzo, corporativos en sus prácticas organizativas y profundamente perezosos.

Los docentes suelen ser presentados como una versión moderna de Rip Van Winkle, el personaje del relato de Washington Irving publicado en 1819. Un hombre que tratando de huir de su insoportable esposa se queda dormido bajo un árbol durante veinte años y, cuando regresa a su aldea, piensa que todo continúa como estaba dos décadas atrás.

Desactualizados, desinformados, dormilones y adeptos a la vagancia, los docentes son identificados por burócratas y tecnócratas, comunicadores y comunicados, padres y madres, políticos y gestores, gente de derechas y gente de izquierdas, hombres de negocios y hombres cuyo trabajo enriquecen los negocios de unos pocos hombres, dirigentes y dirigidos; por la sociedad, en suma, como los responsables de haber sembrado el vientre de todas las crisis, la crisis educativa.

No deja de ser sorprendente la unanimidad que concita la docencia para atraer, contra sí, las iras, los arrebatos, el furor y la indignación de todos los que se aventuran a opinar sobre el presente y el futuro de la educación. Y sobre el presente y el futuro de la educación se aventura a opinar todo el mundo. En definitiva, parecería ser que el haber pasado por la escuela nos brinda los conocimientos necesarios para formular un diagnóstico preciso del estado de nuestros sistemas educativos y observar el casi siempre pésimo desempeño de los docentes en las salas de clase. Haber ido a la escuela o tener un hijo en edad escolar nos aporta, sin lugar a dudas, un conocimiento importante sobre el funcionamiento del sistema educativo y una opinión sobre la calidad del trabajo de quienes educan a las nuevas generaciones. Lo que sorprende es que, con llamativa frecuencia, esa experiencia se des-subjetiviza y pasa a ser considerada el fundamento de un diagnóstico riguroso y de precisión matemática para determinar las causas y soluciones a la crisis escolar que estamos viviendo.

Haber estado enfermos nos aporta una valiosa experiencia sobre el dolor y la enfermedad. También, un gran bagaje de opiniones sobre el desempeño de los médicos que nos atienden o atienden a nuestros seres queridos. Entre tanto, aunque todos nos hemos enfermado alguna vez en la vida, son pocos los que aceptarían que esa experiencia es suficiente como para determinar los fundamentos y las prácticas de las políticas públicas de salud a escala global. Nadie negaría que para opinar sobre la salud pública hay que saber algo más que tomar la fiebre a un niño. Entre tanto, para opinar sobre la política educativa solo hay que haber ido a la escuela o, simplemente, imaginar lo que ocurre todos los días en nuestras salas de clase. Para opinar sobre las políticas públicas de salud hay que haber estudiado el tema. Para opinar sobre educación basta con leer el periódico o escuchar a un especialista en banalidades que, con superficialidad pasmosa, dice lo que piensa sobre una institución y un enorme número de trabajadores y trabajadoras que sospecha conocer, apoyándose simplemente en la fuerza mistificadora del sentido común. A los médicos se los respeta, a los docentes, no.

La unánime opinión negativa sobre la docencia se refuerza con los resultados de pruebas, encuestas e investigaciones que confirman supuestamente que los docentes son, por definición y de manera general, unos ineptos. No hay nada parecido a las pruebas PISA en el mundo de la medicina. Tampoco, en el mundo de la ingeniería, de la política, en el mundo empresarial o deportivo. Hay, es verdad, campeonatos de todo tipo en el mundo de hoy. Sin embargo, no porque la selección de Holanda nunca haya ganado el mundial de fútbol, alguien diría que los jugadores del equipo holandés son poco profesionales, incapaces, haraganes o indolentes.

Quienes eligen la profesión docente se enfrentan siempre a un designio esquizofrénico, un mandato perverso que la sociedad les atribuye de forma siempre contradictoria. A ellos se les encomienda la difícil tarea de salvar la nación, de revertir las herencias del atraso. Al mismo tiempo, por no ejercer ese papel, se los desvaloriza y humilla cotidianamente, en una especie de amnesia de génesis que borra las causas de todas las crisis, poniéndolas en la mochila de los trabajadores y trabajadoras de la educación.

Una encuesta realizada en varios países de Latinoamérica puso de relevancia que la gente valoriza enormemente el papel de los docentes para mejorar nuestras sociedades, pero la gran mayoría de las personas no desea que sus hijos se dediquen a la docencia, por tratarse de un trabajo ingrato, mal pagado y ejercido por personas sin la debida preparación.

Trato de resistir a la tentación de aclarar que en la docencia hay, en efecto, pésimos trabajadores y trabajadoras. Se trata de una aclaración que reafirma la discriminación que sufren cotidianamente los docentes. Hay maestros y maestras malos, incompetentes y displicentes, claro. Como hay médicos malos, políticos malos, empresarios malos, obispos malos, policías malos y hasta Premios Nóbeles de Economía malos, malísimos. Cuando defendemos a los docentes, parecemos estar siempre obligados a hacer la salvedad que sabemos que hay personas que ejercen la docencia sin la menor condición de hacerlo. No pienso hacer esta aclaración aquí.

Defiendo a los docentes porque creo que la docencia es una profesión que se ejerce, en la mayoría de los casos, por personas que aman su trabajo, que dedican un esfuerzo enorme a sus tareas, que tratan de múltiples formas de mejorar, de capacitarse y de formarse para ser, cada día, mejores; personas que respetan profundamente a los niños, las niñas, los jóvenes y los adultos que educan; personas que, como casi todas las que existen en este planeta, despiertan cada día para cumplir su jornada dignamente, para ayudar con su labor a construir un mundo mejor. Deberíamos pensar en esto cada vez que los humillamos y descalificamos con diagnósticos precipitados que los transforman en la bolsa de entrenamiento de una tropa de pugilistas que aspiran a que sus puñetazos entorpezcan la mirada de la gente común.

Defiendo a los docentes, particularmente a los que ejercen la docencia en las escuelas públicas, porque creo que la enorme mayoría de los trabajadores y trabajadoras de la educación son diferentes a ese colectivo indolente que retrata buena parte de la prensa y los más diversos “especialistas” que afirman que vivimos una debacle educativa que nos llevará a la ruina. Los defiendo porque creo que la lista de los responsables de llevarnos a la ruina no comienza hoy, como nunca ha comenzado, en las instituciones donde se construye, cada día, el futuro de nuestra infancia.

No deja de ser cierto que los docentes, a diferencia de otras profesiones, suelen ejercer de manera tortuosa una especie de corporativismo invertido. A pesar de las acusaciones de que los trabajadores de la educación sólo defienden sus intereses y ocultan sus problemas bajo estrictos secretos de sumario, la docencia suele ser una profesión que se muestra públicamente mucho más adepta a evidenciar sus errores que a disimularlos. Por ejemplo, los congresos, simposios y foros profesionales docentes son, en su gran mayoría, eventos en los que se discuten los problemas de la práctica magisterial, los errores cometidos en el aula y la necesidad de mejorarlos; los defectos y no las virtudes de la profesión; los retrocesos y no los avances en el desempeño pedagógico. Puede consultarse la programación de cualquiera de los congresos de docentes que se hayan realizado en su ciudad, para verificar que quienes ejercen la docencia se critican a sí mismos mucho más de lo que los critican sus crueles calumniadores externos. ¿Qué tipo de corporativismo es éste en el que quienes ejercen una profesión se muestran por lo que les falta y no por lo que los caracteriza? Los congresos de educación suelen estar dedicados a poner en evidencia una visión muy crítica o autocrítica de la práctica escolar.

Nada de esto ocurre en otras profesiones. Los médicos se reúnen en congresos para discutir los avances y las buenas prácticas de la medicina, no para compartir la idea de que la mala praxis médica está generalizada en todos los hospitales. Claro que hay médicos que matan personas por su incapacidad profesional. Nunca sería éste el motivo de un congreso internacional, por ejemplo, de cardiólogos. Los ingenieros se reúnen a presentar y conocer los avances de la ingeniería, no para deprimirse colectivamente con los pésimos ejemplos de algunos ingenieros cuya incompetencia generó enormes pérdidas de vidas humanas. Los abogados discuten en sus congresos profesionales los avances de la ciencia jurídica, no la corrupción de ciertos jueces y letrados que ha puesto no pocas veces la justicia al servicio de los más poderosos. Desde el punto de vista etimológico, cualquier profesión es más corporativa que la docencia. Sin embargo, raramente se denuncia el corporativismo de los economistas, del clero, del ejército, de la prensa o de los grandes empresarios. Sí, siempre, el de los docentes.

El problema parecería ser que, más allá de que a los docentes les gusta enredarse en sus defectos, ellos reclaman con insistencia sobre las pésimas condiciones que tienen para el ejercicio de su profesión, sus bajos salarios y el persistente abandono de la educación pública en nuestros países. Como resultado de esto, se critica el uso de las huelgas. movilizaciones u otras medidas de fuerza como forma de acción organizada para alcanzar las demandas del sector.

Particularmente, creo que es importante que los docentes revisen sus estrategias de lucha para alcanzar los justos reclamos por una educación de calidad para todos. Considero que las huelgas y otras acciones no siempre consiguen generar la adhesión y solidaridad de los sectores más pobres y de las clases medias, quienes necesitan más que nadie de la escuela pública. Hay una enorme dificultad en las organizaciones docentes para encontrar canales más efectivos de lucha que integren a los sectores que, junto a ellos, nada se benefician con las políticas neoliberales y conservadoras que cuestionan y amenazan el derecho a la educación, transformándolo en un privilegio de pocos.

Sin embargo, este necesario debate, no puede desviar la atención de un hecho insoslayable: en buena parte de nuestros países, la educación pública está bajo el asedio de políticas de privatización y mercantilización que, entre otros factores, precarizan el trabajo docente y degradan las condiciones de ejercicio de la docencia en las escuelas, particularmente en las escuelas públicas. En América Latina, aunque las condiciones de financiamiento y la promoción de políticas educativas innovadoras y populares han comenzado a revertir la herencia neoliberal, por ejemplo, en países como Argentina, Brasil, Uruguay, Bolivia, Ecuador y Venezuela, las condiciones salariales y de trabajo de los docentes siguen siendo frágiles e inestables. En rigor, en casi toda la región, la expansión de los sistemas educativos, promovida durante las últimas décadas, se ha sustentado sobre una persistente precarización del trabajo docente.

No cabe duda que los trabajadores y trabajadoras de la educación deben mejorar y redefinir sus estrategias de lucha. Deben hacerlo para volverlas más efectivas, no para disminuir su intensidad. Las reivindicaciones docentes son justas y necesarias, ellas aspiran a fortalecer la educación pública y ampliar el derecho efectivo a una escuela de calidad para todos. El ataque a las organizaciones sindicales docentes suele ser parte de un ataque más amplio contra cualquier expresión de defensa y transformación democrática de la educación pública.

Los docentes siempre, y más allá de todo paternalismo o visión compasiva, se han sabido defender a sí mismos. Entre tanto, creo que defender a la docencia de los ataques que hoy sufre desde múltiples espacios, constituye un imperativo ciudadano.

En definitiva, si Ud. está leyendo esta nota es porque algún maestro o maestra, alguna vez, le enseñó a leer. Y seguramente, le enseñó muchas cosas más. Cosas que han sido vitales para constituirse como un sujeto independiente y crítico.

No me cabe duda que Ud. pensará, muy probablemente, que sus maestros o maestras eran mejores que los que hoy están en el aula; esos docentes reales, que trabajan todos los días en nuestras escuelas, formando a los niños y niñas que en algún momento ocuparán su lugar. Pero no nos equivoquemos. Siempre fue así. A su hijo o a su hija, si hoy están en la escuela, les pasará lo mismo. Quizás sea fruto de una inevitable ingratitud o la trama de una desmemoriada condena al desprecio por el presente, por lo que tenemos y por lo que hemos sabido construir colectivamente. Parece que los docentes deben conformarse con un reconocimiento que se conjuga siempre en futuro imperfecto. Nuestros niños, nuestras niñas y nuestros jóvenes les dirán a sus hijos e hijas que sus maestros y maestras eran mucho mejores, más dedicados, más comprometidos, más cariñosos, mejor preparados, más exigentes, más dedicados.

Siempre fue así.

Y si siempre lo fue, es hora de que respetemos a los docentes que hoy trabajan en nuestras escuelas, reconociendo en ellos la herencia de un futuro que nos hará, quizás, hombres y mujeres mejores, más humanos, más solidarios, más generosos y libres.


Autor
Pablo Gentili. Nació en Buenos Aires en 1963 y ha pasado los últimos 20 años de su vida ejerciendo la docencia y la investigación social en Río de Janeiro. Ha escrito diversos libros sobre reformas educativas en América Latina y ha sido uno de los fundadores del Foro Mundial de Educación, iniciativa del Foro Social Mundial. Actualmente, es Secretario Ejecutivo Adjunto del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) y Director de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO, Sede Brasil).

jueves, 13 de marzo de 2014

¿Por qué un chico no se entusiasma con el conocimiento?

En un marco social donde "aprender no es necesario" y "estudiar no es vivir la vida" el gobierno provincial resuelve "premiar a los mejores", solución neoliberal que provoca más conflictos que beneficios en la escuela. Lo cierto es que en casi treinta años de gobierno, no mostraron interés por aplicar políticas educativas que apunten a mejorar la situación de los que tienen menor capital cultural. Transcribo un reportaje publicado en un periódico digital de la provincia.
 
 
Reportaje a CLEOTILDE DE PAW (UNSL)   
 
"El aprendizaje es un proceso donde intervienen múltiples valores. Es muy complejo saber porque un chico no se entusiasma con el conocimiento, con el saber. No se le puede atribuir a una sola razón", reflexionó la educadora Cleotilde de Paw, directora del departamento de Educación de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de San Luis. "Que los chicos pasen con cuatro materias, aún cuando se le daba la oprtunidad de rendir pronto, sino se generaban otros mecanismos es engañarse de avanzar en los conocimientos cuando no se tienen los conocimientos precios para comprender lo que viene, que es más complejo se supone", sostuvo.

Para Paw existen caminos para evitar la deserción escolar o la repitencia, y puso como ejemplo el trabajo que realizan educadores de la Universidad de Entre Ríos. "Ahí trabajan dos meses con los chicos que han tenido dificultades en el aprendizaje del año anterior y a partir de ahí generan un sistema de ingreso al curso siguiente. La misma escuela se hace cargo de los alumnos, en espacios con tutorías, docentes; revisando qué les pasó", explicó la profesora.

Con respecto a las políticas de premiación al mérito que impulsa el Ministerio de Educación, Paw aseveró que no es una buena iniciativa. "No creo que hay que premiar al mejor, sino reconocer el entusiasmo en este viaje con el aprendizaje. ¿Quién dice que es el mejor? ¿Desde qué perspectiva? ¿El que repite mejor o el que piensa mejor? Hay que reconocer cada paso que se da", dijo la educadora con más de 28 años de docencia.



En snluisdigital.com.ar pueden encontrar el audio de la nota

jueves, 30 de enero de 2014

Consideraciones sobre el abordaje pedagógico de la democracia


La construcción de una democracia más plena es uno de los desafíos a alcanzar por nuestras sociedades, las escuelas pueden y deben hacer su aporte al respecto. Muchas veces observamos indiferencia, como respuesta a una escuela que se presenta como un espacio preestablecido, con escasas oportunidades de expresión. El abordaje pedagógico de la democracia es parte de la esencia misma de enseñar a convivir, y no debe limitarse al dictado de una materia y requiere el cuidado de otras cuestiones fundamentales.




El tratamiento pedagógico de la democracia ha sido poco estudiado, puede concebirse como la inclusión de todos los sujetos y factores que influyen en el proceso formativo del estudiante desde todos los componentes del proceso educativo hasta las múltiples relaciones que pueden establecerse en la escuela, y entre ella y la familia, los diferentes agentes de la comunidad, así como los factores de influencia del país y del mundo en general. Una pedagogía centrada en la democracia ha de abrirse a la comunidad, al país, al mundo. Este proceso discurre a partir de una identidad subjetiva y en relación con los otros (maestros, estudiantes, directivos, otro personal, los agentes de la comunidad, la familia). En el caso de la escuela, de tal manera que se vaya construyendo un nosotros colectivo, en donde es el diálogo y la convivencia los que permiten esa relación.

Relacionado con el abordaje pedagógico de la democracia, es común que aparezca en la bibliografía el término “educación para la democracia”. Lógicamente ello requiere de una legitimación de los procesos que en ella se viven, de validar los significados de los actos y prácticas, convocando a estudiantes, profesores y administrativos a participar de manera solidaria y colaborativa en esta tarea.

El plan de estudios puede incluir, en su contenido, la importancia de tratar a todas las personas con respeto y dignidad. Sin embargo, el currículo oculto trasmite un mensaje totalmente diferente, por ejemplo, cuando los comportamientos agresivos y la intimidación se toleran, o cuando se muestran discriminación a los escolares de barrios marginales o que presentan problemas sociales. Por ello, diferentes autores hacen referencia al sistema ideológico que ella inspira. Según Bueno consiste en los principios de:

1.         Humanismo laico: intenta ver al ser humano desde el hombre, quien es la medida de todas las cosas.
2.         Humanismo ético: atribuye a los sujetos humanos individuales la condición de entidades supremas, libres, fuentes de todos los derechos y valores.
3.         De la cooperación: establecida mediante el diálogo respetuoso, tolerante, no violento y compresivo del otro.
4.         Armonía preestablecida: la que ha de lograrse a través del diálogo y alianza de las civilizaciones y países.

Las instituciones educativas escolares y extraescolares no pueden ser un espacio donde todo esté preestablecido, donde se obstruya la actividad de los estudiantes y se impida que se expresen y exijan sus derechos; por el contrario, ha de respetar el equilibrio entre obligaciones y demandas. Cuando los estudiantes y las estudiantes se desestiman, no se tienen en cuenta sus inquietudes y propuestas, entonces, lo impuesto les será ajeno, extraño y la mayoría de las veces indiferente. En consecuencia, para que las instituciones educativas sean democráticas, se requiere, entre otros aspectos: fomentar la participación de todos sus miembros, a partir de la deliberación colectiva y del debate racional, que permitirá tomar posición ante la realidad de acuerdo con su idiosincrasia, pensando y actuando autónomamente para resolver problemas (Prieto).

Debe entenderse que el abordaje pedagógico de la democracia parte de la esencia misma de la escuela en su función socializadora. No se trata solamente de seleccionar o elaborar métodos o procedimientos que ayuden a educar en la democracia, sino también de la creación de un clima y estilo de trabajo que propicie el logro de este objetivo.

Desde la perspectiva de este estudio, no se asume una posición contraria a la existencia de una asignatura, como la educación cívica, dirigida especialmente a la educación ciudadana y, por tanto, también a la democracia; pero se subraya la idea de que la educación para la democracia va mucho más allá del estudio de una asignatura, pues incluye toda la actividad del alumnado y de la institución educativa. Al respecto, Gutiérrez considera que para educar en la democracia es importante la plena participación del alumnado, situación que le permitirá actuar como persona libre y responsable y adquirir actitudes que le impulsarán a enfrentarse crítica, consciente y positivamente con los problemas propios de la vida en grupo. Agrega que la escuela debe autodeterminar la responsabilidad, pues es ahí donde es posible vivenciar el pluralismo de ideas en un clima de libertad, haciendo hincapié en una educación autogestionaria que comprenda la participación, la comunicación, la creatividad y el compromiso individual y social.

Desde una perspectiva similar, educar en la democracia requiere de la indagación crítica, respeto por la libertad de las personas, la justicia social y el diálogo (Giroux). En correspondencia con el criterio de este autor y aunque parezca insólito, en muchos centros educativos, hoy día, se mantiene un estilo de comunicación autocrático tanto por profesores como por los directivos: la educación para la democracia empieza por el respeto al orden, la disciplina, a las demás personas; pero tiene su esencia en la plena independencia de los individuos.

Es obvio que el tratamiento pedagógico de la democracia implica tener en cuenta que esta se enseña y se aprende, se refleja en la actuación consciente del personal docente y directivo, y del estudiantado, a partir del funcionamiento de la institución educativa. Responde a las exigencias sociales e involucra a todos los actores de la educación, dentro y fuera de la escuela, y exige ineludiblemente la proyección coherente del proceso pedagógico, lo cual indica una adecuada coherencia entre el ser y el deber ser.

De acuerdo con Santos, la práctica democrática en la escuela se basa en el diálogo permanente, el debate abierto y la crítica efectiva; así logra que los alumnos y alumnas sean agentes de su propia educación y adquieran responsabilidades en el proyecto escolar, comunitario y del país. Como se observa, las ideas sobre la educación para la democracia desde los centros educativos convergen en muchos aspectos. De esta forma, con la concepción de Leiva, la democracia en la escuela debe enseñarse mediante la participación, el diálogo, la libertad de expresión, el debate de ideas y el trabajo comunitario, situaciones que permitirán al alumnado compartir el control sobre la experiencia y ser escuchado sin reproches ni sanciones.

Un adecuado enfoque pedagógico de la democracia revela la necesidad de dar tratamiento a su educación desde la comprensión de las leyes pedagógicas, esencialmente la relacionada con el vínculo de la escuela con la vida, priorizando la participación activa y consciente del estudiante, teniendo en cuenta las particularidades del proceso educativo, en especial su carácter bilateral y activo. No obstante, se postula que el término democracia no se debe enmascarar con otros términos, por cuanto posee una gran connotación en la vida socio-política de cualquier país. Por tanto, se requiere un tratamiento directo y consciente a su concreción.

El tratamiento pedagógico a la democracia requeriría entre otras cuestiones de:
Potenciar la independencia de los estudiantes.
Existe una insuficiente comprensión acerca de que la escuela no es para adoctrinar, ni siquiera para inculcar ideas, sino para desarrollar en el estudiantado sus propias ideas. Tradicionalmente se ha relegado la formación creativa, independiente, olvidándose de que el alumnado está compuesto por seres creativos, por lo que ha de potenciarse la expansión de la consciencia y autonomía individual.

Fomentar la necesidad en los estudiantes de argumentar criterios propios
Se habla bastante de la discriminación de razas, etnias, nacionalidades, sexos, preferencias sexuales, de credo; sin embargo, se trata poco o casi nada la discriminación por las ideas propias o diferentes. En las escuelas al personal docente le sigue satisfaciendo que sus estudiantes hagan todo lo que les indican, sin ningún tipo de oposición y objeción, quieren que les crean sin refutar, sin disentir, que contesten como “les han enseñado”.

Aplicar métodos de enseñanza y aprendizaje que permitan estimular los intereses de alumnos y docentes para guiar el desarrollo
La zona de desarrollo potencial induce precisamente a esto, a que el aprendizaje conduzca al desarrollo. Frecuentemente se habla de tomar en cuenta motivos e intereses del estudiantado; pero, ¿y si no existieran? Por ejemplo: ¿muchos estudiantes y docentes demandan, como ámbitos competenciales, el conocimiento histórico o el deber de memoria, la madurez personal, la autoconciencia sincrónica o histórica, el autoconocimiento, la complejidad de conciencia o la superación del propio egocentrismo individual y colectivo? Aunque estos constituyen aprendizajes imprescindibles para la formación de las personas, no toda necesidad fundamental se demanda, bien porque no se haya concientizado su importancia o porque no interese en primer plano a los sistemas que la perciben y que generalmente utilizan la escuela para consolidar sus intereses. Por ello, le corresponde a la escuela proyectar su trabajo en función de lo que la sociedad realmente necesita, que no siempre se corresponde con las demandas de los gobiernos, aún de aquellos que se hacen llamar democráticos.



Extraído de
La educación para una ciudadanía democrática en las instituciones educativas: Su abordaje sociopedagógico
Autores
Arturo Torres Bugdud
Facultad de Ingeniería Mecánica y Eléctrica
Universidad Autónoma de Nuevo León México
Nivia Álvarez Aguilar
Facultad de Ingeniería Mecánica y Eléctrica
Universidad Autónoma de Nuevo León México
María del Roble Obando Rodríguez
Facultad de Ciencias de la Comunicación
Universidad Autónoma de Nuevo León México


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