jueves, 22 de marzo de 2012

La Educación, reflejo de la sociedad

¿Es importante la Educación? ¿Qué mensaje reciben las nuevas generaciones sobre ella? ¿Aporta a una mejor democracia? ¿O a conservar los desequilibrios actuales? ¿Acceden los alumnos a la información en las escuelas? ¿Hacia donde deben dirigirse los cambios en Educación? 




“La educación puede ser considerada como la transmisión de los valores y el conocimiento acumulado de una sociedad” - (Enciclopedia Británica 15º edición).
No hay desarrollo cultural sin educación. Una persona debe vivir más de veinte años de formación continua para encontrar su pleno lugar en la sociedad.

Sin embargo, la educación en el país no atraviesa un buen momento. La prueba de ello es que el ciclo lectivo 2012 no se inició con normalidad. No es el único testimonio. También está el hecho de que la nueva Ley de Educación (2006) nunca se pudo cumplir con los días mínimos de clases y que el conflicto salarial docente es tan crónico como recurrente. 

En materia de calidad educativa, la realidad también se presenta debilitada. Pruebas internacionales de calidad educativa (los exámenes Pisa -Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos-) fueron muy elocuentes al examinarse las áreas de Lectura, Ciencias y Matemática. Y para quienes estos exámenes no son suficientes, también están las pruebas latinoamericanas que realiza la Unesco y que arroja valores similares.

Pese a este retroceso, hay que reconocer algunos avances. Argentina aporta por ley más del seis por ciento de su Producto Bruto Interno al financiamiento educativo; la nueva Ley Nacional de Educación 26.206 (del 2006) establece en trece años la obligatoriedad escolar y la extiende hasta la secundaria; se han entregado casi siete millones de libros; se aspira a entregar tres millones de computadoras portátiles durante este año y las escuelas técnicas han sido jerarquizadas como nunca en la historia, experiencia similar tienen las universidades y el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. (Conicet). Además se han construido en los últimos cinco años más de 1.300 escuelas y se ha extendido la carrera de formación docente a cuatro años. Son logros y no son menores y tampoco los únicos.

Sin embargo, la educación no avanza en términos significativos y lo que es peor aún, sigue el divorcio escuela-familia y está muy deteriorada la relación escuela-docente y docente-alumno.
Hay otros datos que también merecen ser reflexionados. La escuela no puede seguir siendo concebida solamente como un espacio contenedor, porque su naturaleza y esencia es precisamente la de ser un espacio transformador; justamente para que las personas sean seres activos en su comunidad.

Por eso se puede afirmar que en el país, la educación es un bien que está muy mal distribuido. Como un agravante, se ha perdido el concepto de que estudiar implica realizar un esfuerzo personal y que este esfuerzo está ligado de manera inseparable al del compromiso. No es casual el alto número de jóvenes que hoy por hoy no trabajan ni estudian y tampoco es casual la despreocupación de los adultos por esa situación.

La educación es un derecho constitucional. Es un derecho humano, básico y esencial. Pero, cuando más del ochenta por ciento de los alumnos entrerrianos no comprenden lo que leen, entonces hay que concluir que se está violando una garantía constitucional elemental.

Estos no son los únicos problemas que afectan al sistema educativo y para muchos ni siquiera son los más graves. Se puede computar también el alto ausentismo docente, no tanto por los paros sino por el festival de licencias médicas que nadie controla y todos (los tres Poderes del Estado, los gremios, los médicos, los docentes) avalan con su inoperancia y complicidad. Se hace de un derecho un abuso.

Otro punto que se podría introducir es que ha llegado el momento de establecer alguna modalidad de evaluación más realista para los docentes, tanto del nivel primario como secundario. No es posible que un docente que no se capacita siga eternamente dictando conocimientos que no son actualizados.

El Estado tiene que garantizar la capacitación en servicio, pero a una determinada reiteración de mala evaluación, el docente debe ser apartado de su cargo y se debe llamar nuevamente a concurso.

Desde el 2006, cuando se sancionó la nueva ley de Educación, jamás se pudo cumplir con el requisito mínimo de 180 días de clases. Es cierto que unos pocos días más de clases no producirán por sí mismo un cambio sustantivo en la educación de los alumnos.

Pero así como no se cumple con este requisito mínimo y elemental de días de clases, tampoco se cumple con la Ley de Financiamiento Educativo (Ley 26.075) que establece la meta de tener como mínimo al treinta por ciento de los alumnos de educación básica bajo el sistema de escuelas con Jornada Completa.

En rigor, el desmantelamiento de la escuela pública tiene muchas vertientes y su rostro más identificable es el constante deterioro en las condiciones de enseñar y aprender. Fue la consecuencia que implicó cambiar el rol del Estado educador por otro que ni siquiera fue subsidiario. El deterioro fue enorme y planificado. Su reconstrucción demandará generaciones enteras. En Educación no hay soluciones mágicas, sino planificadas. Tampoco hay crisis educativa, porque toda crisis es temporal por definición. Lo que existe es una decadencia. Y esto es lo que hay que revertir de manera integral. Acaso lleve varias gestiones de gobierno.

Otros males
También se ha afectado como nunca a la autoridad del maestro y con ello su autoridad pedagógica como consecuencia de su rol como trabajador. Desautorizados por el propio Estado se encontraron con enormes dificultades para tomar decisiones pedagógicas e incluso didácticas, situación agravada porque la autoridad familiar también está en crisis.

Padres y alumnos agrediendo a docentes se han vuelto casi una práctica cotidiana. Hay que convenir que estos hechos eran impensados cuando prevalecía el contrato sagrado entre la familia y la escuela y entre la escuela y los docentes, y que además ese contrato era garantizado por un Estado presente y activo. La violencia escolar no es exclusiva de la escuela, pero es un punto que refleja el peor rostro en la sociedad: la violencia es la falta de educación.

No habrá sociedad del conocimiento si antes no existe el reconocimiento. Y el reconocimiento no es otro que el jerarquizar el trabajo docente a través de un mayor presupuesto salarial y especialmente que el Estado deje de pagar códigos en negro, generando su propia evasión previsional y dando el peor ejemplo en la materia. Sin ironizar, la lucha contra un salario en negro (o ilegal) y contra la evasión previsional debería comenzar por el Estado.

Se puede establecer una aproximación de las urgencias educativas que requieren de una intensa como comprometida acción del Estado y de la propia comunidad, dando por hecho que si una de estas partes falta, el esfuerzo será siempre insuficiente. Esta aproximación, arbitraria, debería comenzar por aumentar el salario docente por encima de la inflación real; incrementar la cantidad de escuelas de jornada completa; consolidar el sistema de formación permanente en servicio; relacionarse con las familias y la comunidad de una mejor manera; incorporar y jerarquizar equipos interdisciplinarios para las intervenciones institucionales; establecer una mejor articulación con áreas clave como Salud; Desarrollo Social y Derechos Humanos; que los Municipios establezcan también sus áreas vinculadas con la Educación (así como tienen referentes para Desarrollo Social, Niñez y Familia, Tercera Edad e incluso Salud, extrañamente casi todos los municipios se desentienden de acompañar el proceso educativo integral); y claro está, bajar las tasas de repitencia y sobre edad. La escuela debe recuperar el concepto de que el conocimiento es central y vehículo de construcción de derechos y ciudadanía.

Otro paso clave es que los gobiernos, los gremios y las familias abandonen su tendencia a victimizarse y asuman su rol ineludible para transformar la realidad y con ella establecer la necesaria armonía que debe existir en la asimetría adultos-jóvenes-niños. Una aclaración: este planteo no brega por sistemas autoritarios, sino que plantea el contar con el necesario punto de referencia para crecer y aprender. Es este rol significativo de los adultos, el que luego será fundamental para consolidar el lazo familia-escuela, directivo-docente y docente-alumno. 

Otros conceptos
La educación no es una mercancía. Del mismo modo, el maestro no es un simple empleado asalariado del Estado, ni el alumno un cliente de un servicio cualquiera. La educación es una actividad humana que transforma la realidad, porque opera en las ideas, en los valores, y en las relaciones interpersonales. Así, el trabajo docente es indispensable para iluminar “la razón en la noche de ignorancia”, tal como reza el Himno a Sarmiento. Hay que reconocer que la labor del maestro es un trabajo y un trabajo mal pago y peor reconocido. Sin embargo, es un trabajo esencial para las realizaciones individuales, familiares y colectivas.

La educación no es un adiestramiento; sino facilitar que las personas adquieran las capacidades para hacerse cargo de sí de manera independiente y autónoma y a partir de allí relacionarse consigo mismo, con el otro y con el mundo.

Esto es esencial no sólo para el trabajo docente diario, sino para darle sentido a la propia escuela pública, que debe ser democrática, universal y especialmente un espacio donde se construyen derechos.

La realidad ofrece grandes desafíos, algunos –hay que reconocerlo, para poder cambiar de estrategia y avanzar- se están perdiendo porque la vida en sociedad a veces obliga a una vertiginosidad que impide reflexionar con serenidad. Hay cambios de valores como el desprestigio del esfuerzo; por otro lado existe una tendencia para que prevalezca la diversión banal y una resistencia a las normas que engendran la anomia. No es tarea solo del docente ni del Estado, sino esencialmente de la familia por la sencilla razón de que es la primera educadora.

Final y principio
Es en el ámbito educativo donde mejor se debería comprender que todos somos productos de otros. Por eso, lo que hoy se haga, se reconozca o se deje de hacer o de reconocer, tendrá una incidencia trascendental para las generaciones presentes y futuras. Hay que recalcar, aunque suene a obviedad, que el conocimiento es un producto esencialmente humano y que nadie lo descubre por sí mismo sino que debe ser aprendido a través de otro. Se necesita que alguien lo enseñe: ese es el maestro. 

Estamos en el siglo XXI. Esto implica reconocer que la escuela no es la única institución (formal e informal) donde se deposita la información. Pero, como ha sido siempre, la escuela es uno de los pocos espacios donde se aprende a transformar esa información en conocimiento.


Por Nahuel Maciel
EL ARGENTINO


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