domingo, 21 de marzo de 2010

Regalar computadoras a los niños pobres no mejora su desempeño académico

En San Luis (Argentina), siguiendo ciertos lineamientos educativos, y fundamentalmente una necesidad de propagandizar la gestión gubernamental, se entregaron algunas computadoras, sin la correspondiente alfabetización digital. Publico al respecto un artículo que ilustra sobre las implicancias del hecho:

Hace más de tres décadas, Commodore lanzó el primer computador personal del mundo que fue bautizado PET, aparentemente para aprovechar el furor por las pet rocks (mascotas virtuales, hechas en piedra) de los años 70. Mis padres, absolutamente consentidores y obsesionados por la educación, llevaron a casa un PET para mí y mis hermanos, con la esperanza de llevarnos a la vanguardia de la inminente revolución digital. Los resultados fueron, en el mejor de los casos, regulares.


Aunque la máquina resultaba absolutamente inadecuada para divertirse sin usar el intelecto- tenía 4 kilobytes de memoria y una pequeña pantalla verde donde mostraba una gama monocroma de caracteres ASCII-mis amigos y yo encontramos la forma de convertir este instrumento educativo en un juguete. Pasamos interminables horas observando cómo el pequeño cursor verde recorría la pantalla en una versión libre y rudimentaria del Pac-Man. Luego, cuando salió la primera edición del videojuego Space Invaders, creo que mis padres empezaron a arrepentirse de su intento de prepararnos para la época de los computadores.


Una generación más tarde, los padres se preocupan más que nunca en garantizar que sus puedan competir en el mundo altamente tecnológico de hoy y la creciente desigualdad digital es un tema que inquieta sobremanera a los educadores y a quienes definen las políticas. En los Estados Unidos, los subsidios federales pagan miles de millones de dólares para que escuelas y bibliotecas cuenten con computadores y, muy pronto, en los países en desarrollo se gastarán miles de millones más en programas como Un Laptop por Niño. Sin embargo, el laptop de US$ 100 de este programa trae más medios de entretenimiento que los que tuvo alguna vez mi PET. Entonces, estos recursos de computación subsidiados, ¿ayudarán a que los niños se preparen para las exigencias del mercado de trabajo del siglo XXI o serán simplemente el sustituto de este siglo para la televisión, el más venerable instrumento para desperdiciar el tiempo?


La reciente investigación llevada a cabo por los economistas Ofer Malamud y Cristian Pop-Eleches nos ofrece una respuesta: para muchos niños, en realidad, los computadores constituyen más una distracción que una oportunidad de aprendizaje. Estos investigadores hicieron una encuesta entre los hogares que solicitaron la ayuda Euro 200, un programa de distribución de vales (vouchers) puesto en práctica en Rumania, a fin de ayudar a los hogares de menos recursos, de manera que pudiesen asumir el costo de comprar un computador para sus hijos. Resulta que en los hogares que tuvieron la suerte de conseguir estos vales, los niños pasan mucho menos tiempo viendo TV- pero allí terminan las buenas noticias. Los niños con "vales" también pasan menos tiempo haciendo sus tareas, sacan notas más bajas y tienen menores aspiraciones educativas que los niños que no recibieron estos vales.


De hecho, éste no es el primer intento que se hace para medir los costos y beneficios de regalar computadores a los niños. Algunos estudios anteriores también encontraron que los computadores tienen un efecto negativo respecto a los logros académicos, mientras que otros estudios indican lo contrario. Aunque es difícil saber qué pensar de ellos, ya que hacen la comparación entre familias que decidieron comprar y no comprar computadores y entre los niños que deciden pasar el día frente al computador y los que dedican su tiempo a hacer otras cosas (como estudiar, jugar futbol, o cosas inútiles). Cualquier estudio entre niños que tienen y no tienen computador viene a ser lo mismo que comparar manzanas con naranjas: los padres que compran computadores tienden a dar más valor a la educación- y también lo más probable es que vivan en distritos con buenas escuelas, paguen clases extra de matemáticas y, en general, brinden un ambiente que favorezca más la educación que los padres que no los compran. (En mi caso, probablemente mi decisión de pasar 22 años estudiando tiene que ver con muchas otras cosas además del acceso al PET l.)


Malamud y Pop-Eleches seleccionaron el programa Euro 200 porque resolvía el problema de comparar manzanas con naranjas. El Euro 200 no repartió computadores en forma aleatoria, pero lo que hizo es bastante parecido. El programa otorgó vales por un valor de 200 euros (cerca de US$ 240 para ese momento, casi US$ 315 hoy día) para que las familias de menores recursos y con hijos, compraran un computador (el límite de ingresos se estableció en US$ 50 mensual, por cada persona miembro de la familia). Sin embargo, no había suficientes vales para todos. Por ejemplo, en el año 2005, casi 52.000 familias que calificaban para el vale lo solicitaron y el gobierno sólo tenía fondos para 27.555. En consecuencia, los vales se entregaron sólo a las familias con ingresos por debajo de US$ 17 por persona. Esto significa que muchas de las familias que obtuvieron los vales- con ingresos de, digamos, entre US$ 16 y US$ 17- son básicamente idénticas a las que no los obtuvieron (las familias con ingresos entre US$17 y US$ 18) y todas tienen aspiraciones parecidas en lo que se refiere a computación (todas solicitaron los vales del programa) y sólo se diferencian en el lado donde que les tocó quedar respecto al límite de US$ 17 (lo que los economistas denominan "discontinuidad en la regresión").


Entones, ¿qué pasa cuando por buena suerte se recibe un vale (y por ende un computador) en los hogares de los jóvenes rumanos? Obviamente que pasan mucho más tiempo frente al computador – cerca de siete horas más por semana en los niños que recibieron un vale comparado a los que no lo recibieron. Gran parte de este tiempo lo sacan del tiempo que pasan viendo televisión: los niños de las familias que recibieron el vale pasan 3,5 horas menos ante la TV, por semana; aunque también del tiempo dedicado a hacer tareas (2,3 horas menos por semana), leer y dormir. El menor tiempo dedicado a las tareas se traduce en notas más bajas en la escuela- el promedio de notas de los niños que recibieron vales se ubica 0,36 puntos por debajo de los que no lo recibieron- y también en aspiraciones más bajas respecto a la educación superior. Los niños que recibieron un computador reflejan menores probabilidades -13 puntos porcentuales- de mencionar su intención de ir a la universidad. Lo más interesante es que entre los estudiantes que recibieron un vale y mencionaron su intención de ir a la universidad no se vio una mayoría interesada el graduarse en ciencias de computación.


Cuando mis amigos y yo descubrimos cómo transformar mi PET de herramienta de aprendizaje en consola de proto-videojuegos, mis padres intervinieron para asegurarse que el juego de Space Invaders no desplazara las tareas. Pero en Rumania, ¿dónde están los padres? El programa de vales se diseñó especialmente para ayudar a los hogares de menos recursos y, con su complicada situación financiera, lo más probable es que estas familias no puedan pagar un sitio donde los niños se queden después de clase, o se pueda de alguna otra forma supervisar que los computadores se usen para aprender y no sólo para distraerse. De hecho, los autores encontraron que al considerar específicamente las familias donde las madres se quedan en casa, pueden estar más pendientes y controlar el uso del computador, los efectos negativos disminuyen significativamente.


Quizás la lección del experimento con los vales en Rumania no sea sorprendente, el asunto no radica en que los computadores no sean una útil herramienta de aprendizaje, sino que su utilidad depende de que los padres estén cerca para verificar que no se conviertan en una tentadora distracción ante la fastidiosa tarea de trigonometría. Pero sí es una perspectiva crucial para quienes están encargados de diseñar las políticas para cerrar la desigualdad digital. La intención expresa del programa Euro 200 fue estimular o mejorar la educación de los niños de menores recursos. A través de programas como Un Laptop por Niño, gobiernos del mundo entero se han comprometido a comprar millones de computadores, a fin de aumentar la posibilidad de acceso a los computadores para los niños. Sin embargo, los resultados de Malamud y Pop-Eleches sugieren que el simple acceso puede ser más una maldición que una bendición. Si realmente deseamos ayudar a los niños de menores recursos, ya sea en Rumania, África subsahariana, o en los proyectos de viviendas de América, lo mejor será regirse por enfoques que proporcionen un acceso estructurado y supervisado a través de programas para después de clases o subsidios que lleven la tecnología a las escuelas con menos recursos. Pero, ¿simplemente darles computadores a los niños? Enviarles PlayStations sería prácticamente lo mismo.


 


Autor

Ray Fisman es doctor de la Universidad de Harvard y Profesor de la Universidad de Columbia. Es coautor de Economic Gansters: Corruption, Violence and the Poverty of Nations (con Edward Miguel)

Este artículo fue publicado originalmente en Slate

Traducción: Ana Cristina Punceles


 

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